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Full text of "Una cuestión histórica : la Isla de Martín García, uruguaya y no argentina"

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UNA CUESTIÓN HISTÓRICA 



LA ISLA DE MARTIN GARCÍA 



URUGUAYA Y NO ARGENTINA 



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SETENBRINO E. PEREDA 



üM msTií mmu 



ü m DE MARTÍN GÁRClA 



URUGUAYA Y NO ARfiENTiA 



MONTEVIDEO 

Imp. Er ''Siglo llustrado'% de Marino y Caballero, Editores 

la-CALLE 18 DE JüLIO-23 

1907 



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APR 2 1 1931 



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é 



IfSi isla de Martin Garcia 



Su sittiación, época de su descubrimiento y origen de su nom' 
bre. — Su ocupación por don Pedro de Mendoza y Juan Or- 
Hx de Zarate, — Melgarejo y Garay. — Su acción conjunta. 
— Abandono de ¿a isla y causas que lo motivaron. — El 
inglés Eduardo de la Fuente. 

La isla en cuestión, ¿pertenecía, en rigor de derecho, á 
la República Argentina? ¿ó su ocupación por fuerzas de ese 
país constituye una verdadera usurpación, como se ha sos- 
tenido en todos los tiempos y se sostiene hoy mismo por 
distinguidos publicistas y por la propia cancillería oriental? 

Es este un asunto de trascendental importancia, cayo es- 
clarecimiento no se ha hecho todavía por completo, pero si 
se tienen presente su nituación geográfica, sus condiciones 
geológicas y otros datos concomitantes, hay que arribar for- 
zosamente á la conclusión de que Martín García entró tam- 
bién á formar parte de la República Oriental del Uruguay 
al ser declarada ésta como nación libre é independiente. 

Con efecto: ella está situada en el curso superior del Río 
de la Plata, cerca de la desembocadura del río Uruguay y 
del Paraná Gua^ú, á los 34ni'25*Matitud S. y 58^15^38^' 
longitud O. del meridiano de Greenwich, y á 60 metros de 
altura sobre el nivel del mar, según Mouchez. ^^^ 



(1) Francisco Latzina: Dvocwnarvo Geográfico Argentino. 



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— 6 — 

Es el punto más estratégico que pudiera idearse para una 
fortaleza destinada á impedir el acceso al Plata á los buques 
de procedencia de sus dos grandes afluentes. 

De ahí que su posesión constituya un elemento poderoso 
de defensa marítima nacional^ y que valga la pena de pro- 
cederse á una inquisición histórica. 

¿Quién ocupó por primera vez dicha isla? 

Según lo refieren algunos historiadores, la descubrió Juan 
Díaz de Solís en febrero de 1516, y el nombre de Martín 
García lo tomó de uno de sus acompañantes que figuraba 
como despensero y que falleció y fué enterrado en aquel si- 
tio. En 1636 estuvo en ella transitoriamente don Pedro de 
Mendoza, nombrado por Carlos V, primer Adelantado del 
Río de la Plata. 

Treinta y ocho años después, ó sea el 10 de febrero de 
1574, fué ocupada por Juan Ortiz de Zarate, que hasta en- 
tonces había habitado la de San Gabriel y que se vio obli- 
gado á abandonar, compelido por los avances de los aborí- 
genes de sus cercanías, alzados en armas contra él. 

A fines de noviembre de 1573, arribó á ese punto con la 
nave capitana desarbolada, y dejando la precisa custodia en 
las naves Vizcaína y Zabra, donde traía su hacienda y al- 
gunos religiosos, bajó el resto de su gente á tierra, en la cos- 
ta del territorio oriental, donde hizo construir un pequeño 
fortín para su defensa contra los indios; pero la guerra que 
le hicieron los caciques charrúas, Zapicán, Taboba y Aba- 
yubá, con motivo de haberse apoderado de este último y no 
obstante haber sido puesto en libertad canjeándolo con un 
cautivo de los indígenas, le obligaron á abandonar las posi- 
ciones que ocupaba en tierra firme y refugiarse en la isla 
de San Gabriel, (i) 

(1) Isidoro Db-Marí a. Ompmdio de la Histona de la Bepúblioa Oriental del Uru- 
gtiayt tomo I. " 



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— 7 — 

El capitán Raiz Díaz Melgarejo, que había salido en 
busca de provisiones, regresó en esos precisos momentos» 
conduciendo víveres . 

Sin embargo, no hallando allí Ortiz de Zarate las suficien- 
tes garantías contra los ataques de sus enemigos» fué que 
resolvió alojarse en Martín García, después de haber oído 
una junta de oficiales. 

Abrigaba el propósito de poblar la isla, y despachó al es- 
forzado capitán, que tripuló la carabela y el bergantín con 
algunos soldados, y sirviéndose de un indio que había traído 
prisionero, le llevó consigo como baqueano para obtener 
provisiones en los bohíos ó chozas de las islas cercanas. 
Las recorrieron con felicidad, encontrando en ellas no sólo 
víveres, sino también algunos españoles prisioneros que se 
curaban de sus heridas, á los cuales rescataron, contándose 
entre éstos el célebre Domingo Lares, que tan bravamente 
se había batido en la última campaña. ^^> 

Entretanto, sus camaradas de la isla, reducidos á la inac 
ción, habían pasado todo género de privaciones, al punto de 
que diez de ellos no pudieron sobrevivir. 

Su feliz retorno causó, pues, la más viva satisfacción, fya 
porque los socorros de que era portador Uenaban urgentes 
necesidades, ora por los nuevos elementos de fuerza y de 
labor que aportaba y que contribuyeron á levantar el ánimo 
decaído de aquella pobre gente, compelida, por su dura si- 
tuación, á tener por viviendas los dos únicos barcos que les 
servían de apoyo. 

Además, otra circunstancia no menos poderosa, hacía en 
alto grado propicia la llegada de aquel hombre providencial 



(1) Fbamcisgo BauzX. Historia da la dominaoión eapafSola en A Uruguay, tomo I 
libro ni. 



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— 8 - 

para Ortiz de Zarate y sus compañeros, de quien ha dicho 
un publicista contemporáneo, que, encanecido en el dura 
oficio militar, era un soldado experto, acostumbrado á todos 
los rigores de su profesión y muy capaz de vencerlos con 
fortuna. La situación del Adelantado no presentaba el as- 
pecto favorable que habían hecho concebir las primeras es- 
peranzas. Yamandú, aprovechando la ausencia de Melgarejo, 
había intentado realizar una empresa marítima convenida 
con los charrúas, causándole á Zarate no poca inquietud. A 
pretexto de proveerle de víveres, se aproximó á las naves 
con once canoas, colocándose en posición, que denunciaba 
claramente propósitos de hostilidad. Tomadas las precau- 
ciones del caso contra el indio, éste, que pronto las advir- 
tió, hizo como que no las notaba, empezando á regalar las 
provisiones que tenía y retirándose después con promesa de 
traer más. Eelatado el hecho á Melgarejo, fué de parecer 
que era de mal augurio, porque coligado contra ellos Ya- 
mandú, no tenían probabilidades de salvación á no venirles 
socorros del exterior. Para conseguirlo, propuso ir en bus- 
ca de Garay, único capitán que podía ayudarles á salir 
bien del apuro. Partió, pues, y explorando las costas veci- 
nas con la actividad que le era ingénita, obtuvo noticias de 
aquel capitán y de los inconvenientes con que luchaba. ^^^ 
Este, en tanto, sabedor de la mala situación en que se 
encontraba Zarate, se había puesto en marcha hacia Martín 
García, pero tuvo que luchar con graves inconvenientes, 
que obstaron á que acelerase su llegada. En Santa Fe se 
vio obligado á combatir contra las numerosas huestes del 
cacique Terú. Vencedor de ellas, continuó su ruta, en unión 
de un bergantín, que procedente de la Asunción del Para- 



(1)2Báüz^, obra citada. 



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— 9 — 

guay, iba también en auxilio del Adelantado. Pero esta vez, 
le fué forzoso resistir contra los embates de la Naturaleza, 
muchas veces más temibles y de mayores consecuencias que 
las bregas humanas. Desencadenóse sobre él un recio tem- 
poral, y sus naves, batidas fuertemente, fueron arrojadas á 
distintas direcciones, viéndose expuestas, por lo tanto, á zo- 
zobrar y desaparecer entre las aguas del turbulento río. 

Reinante ya la calma, se aprestó de nuevo á continuar su 
empresa, no sin antes reunirse con los suyos, cuando quiso 
el destino que se encontrase con Melgarejo que, como que- 
da dicho, iba en su procura. 

Garay, empero esos reveses del destino, entregó al bravo 
capitán los víveres de repuesto que llevaba, y le incitó para 
que regresase inmediatamente, á fin de que Zarate fuese 
informado del decidido propósito que traía de combatir sin 
cuartel á los charrúas. 

Así lo hizo Melgarejo, quien halló al Adelantado y á sus 
compañeros más amilanados que al regreso de su primera 
excursión. 

La escasez de víveres, por una parte, y la suerte que 
corrieron las dos únicas naves de que disponía, pues el 
temporal que á tan mal traer tuviera á Garay y sus embar- 
caciones, se había extendido hasta allí, azotándolas contra 
los peñascos é inutilizándolas para nuevas funciones, fueron 
causa bastante para que el desánimo se apoderase una vez 
más de sus ya abatidos corazones. 

En tales alternativas, se creyó más prudente abandonar 
la isla, acatando la opinión de Melgarejo, que aconsejó una 
junta de oficiales para mejor obrar, siendo todos de su mis- 
mo parecer. 

Garay, al despedirse de él, se había dirigido hacia San 
Salvador, y resolvió ir á establecerse en las riberas de 



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— 10 — 

dicho río, para operar de común acuerdo coatra los iado- 
mables indígenas. 

Con los despojos de la Zabra se construyó otro barqui- 
chuelo y en él se embarcó Melgarejo, en compañía de los 
enfermos y mujeres que se asilaban en la isla, á los cuales 
transportó hasta el mencionado paraje. 

Como sus deseos eran verse nuevamente con Garay, para 
transmitirle sus impresiones y la determinación del Adelan- 
tado, apenas arribó á ese punto, se hizo á la vela en su bus- 
ca, dejando á aquéllos protegidos por una guardia; pero otra 
furiosa tempestad impidió el encuentro de ambos, que se 
procuraban ardientemente. 

En este interregno llegó Garay á Martín García, como 
heraldo de una buena nueva, pues su férreo espíritu, fundi- 
do en el molde de los titanes, no había decaído, á pesar de 
los innúmeros contratiempos que sufriera y de haber estado 
expuesto á sucumbir en el San Salvador, víctima del líquido 
elemento y de los charrúas. 

Zarate sintió renacer sus quebrantadas fuerzas ante el 
poderoso concurso que para él significaba la presencia del 
intrépido vizcaíno, ya entonces fundador de Santa Pe, y 
más tarde, gobernador del Paraguay y del Río de la Plata. 

Su mente calenturienta, forjó toda clase de proyectos, y 
creyéndose un hombre superior, capaz de realizar cualquier 
arriesgada empresa, olvidando que sólo la eficaz ayuda de 
sus leales servidores le tenían con vida, dio escape á la val* 
vula de su inflada vanidad. 

No comprendió que sin ellos nada habría significado, y 
creyéndose invencible los trató como vasallos, más que como 
amigos é indispensables auxiliares. 

Es este un defecto común entre aquellos que valen más 
por los favores de la fortuna que por sus propios mereci- 



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— 11 — 

mientos personales, y el honroso cargo que le confiriera Fe- 
lipe n, le hizo suponer, sin duda, que él se bastaba por sí 
solo, no obstante los contrastes é infortunios que le depara- 
ra la misión que le trajo al Nuevo Mundo. 

Todo listo, decidió encaminarse á San Salvador, donde 
Garay tenía ya preparado el alojamiento para él y se ha- 
bían fabricado algunas barracas aseguradas contra las inva- 
siones de los bárbaros, con algunos reparos de tierra y fa- 
gina, en cuya tarea colaboraron los indios de Yamandü, que 
se agregaron á los españoles porcopsejo de su cacique. ^^^ 

En Martín García había permanecido por espacio de más 
de tres meses y medio. 

Después aportó á ella el año de 1582, Eduardo de la 
Puente, inglés de nación, y de profesión luterano; pero no 
teniendo noticias de los castellanos, se volvió á salir al mar, 
sin molestar la nueva ciudad de Buenos Aires, que dos años 
antes se había poblado en la tierra firme, á la parte del 
Sud. (2) 

Pero del descubrimiento y posesiones de la isla de Mar- 
tín García por los conquistadores y de la brevísima estadía 
en ella del aventurero protestante, pasemos á ocuparnos del 
destino que se le dio en épocas posteriores 



(1) P. Pedro Lozano. Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y 
Tucumán, tomo m, capítulo Vni. 

(2) P. Lozano, obra citada. 



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Durante el dominio de los realistas 



Donación de la isla al vecino de Montevideo don Antonio Tejo. 

— Una guardia realista. — Sorpresa causada por el teniente 
de * Dragones de la Patria*, don José Caparroz. — Objeto 
que lo indujo d realizarla y resultados obtenidos. — Expedi- 
ción al mando del coronel don Domingo Loaces^ enviada por 
Vigodet. — Eleinentos que la componían. — Medidas tomadas 

par el general Rondeau. —Inútiles tratativas para atraerse el 
concurso de Artigas y Otorguez . — Expedición confiada á 
Romarate.^-' Buques que la constituían. — Su fracaso. — La 
escuadra á órdenes de Brown. — Combate heroico. — Retirada 
de Brown á la Colonia. — Un triunfo estéril. — La revancha. 

— Valerosa resistencia del teniente Azcuénaga. — Una ter- 
cera expedición. — Su insólito regreso. — Capitulación pro- 
puesta d Roniarate. — Dignísima respuesta. 

Con motivo de la derrota de los ingleses en su ataque á 
Buenos Aires ^^^ y su evacuación de Montevideo ^^^ y de 
todo el Río de la Plata, hechos éstos que dieron por resul- 
tado el restablecimiento de las autoridades españolas, el rey 
Carlos IV decretó varias compensaciones y honores, figu- 
rando entre ellas la donación de la expresada isla á favor 
de don Antonio Tejo, en 1807. 



(1) Julio 6 de 1807. El 6 el general Whitelocke capituló con el general Liniers, 
conviniéndose el reembarco de las tropas inglesas dentro de diez días 7 la evacua- 
ción de Montevideo 7 del Río de la Plata, dentro de dos meses. 

(2) Montevideo había sido tomado por las fuerzas del general Auchmut7, el d de 
febrero de 1807, después de cinco horas de sangriento combate, 7 el 9 de septiembre 
fué evacuada la plaza, de acuerdo coa la capitulación hecha en Buenos Aires. 



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— 13 — 

La real orden para la entrega y posesión le fué cometida 
á Francisco Javier Elfo, á la sazón Gobernador de Monte- 
video. 

Años más tarde^ los realistas destacaron allí una pequeña 
guardia, compuesta de diez hombres, que fué sorprendida en 
la madrugada del 7 de julio de 18 13 por el teniente de cDra- 
gones de la Patria», don José Caparroz, (i> oriundo de Anda- 
lucía. 

La expedición á su mando, constaba de 22 tripulantes, j 
se trasladó á Martín García á bordo de cuatro botes. 

En esa temeraria empresa le acompañaba el sargento 
Bartolo Mondragón, que en la batalla del Cerrito de la Vic- 
toria, ocurrida el 31 de diciembre de 1812, entre fuerzas 
del Gobernador de Montevideo don Gaspar de Vigodet y 
las del jefe sitiador brigadier general don José Rondeau, dio 
muerte al brigadier don Vicente María Muesas, que en esa 
acción había sido designado por su superior en calidad de 
mayor general. 

En la refriega resultó muerto uno de los ocupantes de 
la isla, que hiciera fuego contra los asaltantes, y hubo dos 
heridos, que lograron escapar en un bote, llegando á Mon- 
tevideo el día 9 con la infausta noticia. 

Como la única misión de Caparroz consistía en arrebatar 
á los contrarios los elementos bélicos de que disponían, se 
retiró de la isla tan luego llenó su objeto, evitando así cual • 
quier sorpresa de la escuadra realista. 

Condujo Scañoncitos, 36 carabinas, 17 pistolas, 1 esme- 
ril, 19 sables, 32 granadas de mano, alguna pólvora y tres 
lanchas. (2> 



(1) Años después llegó á ser general en Méjico. 

(2) Estos detalles los consignó entonces Lia Owseta de Buenos Aires y los hace su- 
yos don Francisco Acuña de Figueroa en una nota puesta al pie de la relación hecha 
por él, en verso, en el tomo I de su Diario Histórico del sitio de MontwideOf correspon- 
diente al yiemes 16 de julio de 1813. 



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— 14 — 

El eximio bardo oriental, don Francisco Acuña de Fi- 
gueroa, autor del interesantísimo Diario Histórico del sitio 
de Montevideo en los años 1812, 1813 y 1814, explica el 
éxito del teniente Caparroz, diciendo: 

La expedición de Ramos á otras islas 
El día tres del mes habla salido, 
Y la ausencia de buques de la escuadra 
BriAdó con la ocasión al enemigo. (1) 

Vigodet, comprendiendo la conveniencia de continuar su 
gobierno sobre la isla, por ser ella un punto dominante, no 
quiso, á pesar de ese desastre, dejarla librada al acaso, y 
decretó su nueva ocupación. 

A ese efecto envía una expedición de 716 hombres, de las 
tres armas, cuyo comando en jefe le fué confiado al coronel 
Domingo Loaces, siendo su segundo el teniente coronel 
José Sallent, y sus ayudantes el capitán Luís Larrobla y el 
teniente Juan Zufriategui. 

La escuadrilla custodia, que se componía de cuatro bu- 
ques, ibaá las órdenes del capitán de fragata Jacinto Roma- 
rate, siendo el buque iasignia el bergantín Belén. 

Formaban dicha expedición 220 hombres de voluntarios 
de Madrid, 160 emigrados de López, 80 dragones y blan- 
dengues mandados por el capitán Rafael Frontín y don 
Prudencio Zufriategui, 80 sevillanos, 60 de los del país al 
mando de don Juan Cruz Urquiza, José Azcuénaga y Mar- 
tín Albín, 40 artilleros veteranos, con un obús de á 6 y 
dos cañones, 40 emigrados de San José, 40 peones de cam- 
po y unos cuantos aventureros que iban con objeto de car- 
gar ganado. ^2> 



(1) Viernes 9 de julio de 1813. 

(2) Acuña db FigUBROA: obra citada, tomo n. 



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— 15 — 

El transporte se hizo el 3 de noviembre, á las cuatro de 
la tarde, en quince buques mercantes, custodiados por los 
que dejamos referidos. 

No existiendo allí enemigos que combatir, no hubo que 
tropezar con ningán inconveniente para la posesión de la 
isla. 

Inmediatamente de su arribo el comandante Sallent se 
dedicó, con gran actividad, desde los comienzos de su 
llegada, á la construcción de ranchos y galpones para el 
alojamiento de la tropa. 

El 14 de diciembre se remitió un refuerzo de treinta 
hombres y un cañón, yendo en su compañía el capitán de 
artillería don Miguel Olave, al cual le había encomendado 
el gobierno la tarea de levantar algunos planos, y el capi- 
tán de la misma arma, don Francisco Martínez, en reem- 
plazo del capitán Naredo, á quien el coronel Loaces había 
remitido en arresto á Montevideo. 

Rondeau, queriendo aprovechar la primer coyuntura fa- 
vorable que se ofreciese, mandó observar, desde un princi- 
pio, los movimientos de los expedicionarios, confiando ese 
cometido á don Blas José Pico, comandante de uno de los 
escuadrones de cDragones de la Patria» y jefe militar de 
la Colonia. íi> 

Habiéndose separado el general don. José Gervasio Arti- 
gas del asedio de la plaza, por desinteligencias con Ron- 



^1) El 9 de enero de 1814, el comandante Pico destinó dos lanchones armados para 
apresar, como lo hicieron, los faluchos San Martín j San Luis, pertenecientes á la 
real armada. £1 alférez de navio don Manuel Buñuelos, que mandaba el San Martín, 
prefirió sucumbir antes que rendirse. 

El San Martín se hallaba artillado con un cañón de bronce de á 8 y dos de á 4, 
7 el San Luis con uno de á 6 y dos pedreros de bronce. 



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— 16 — 

deau ^^^ el coronel Loaces comisionó á su ayudante el capi- 
tán Larrobla para que, trasladándose al departamento de 
Soriano, donde se encontraba Otorguez, importante jefe ar- 
tiguista, se entrevistase con él y tentara un avenimiento con 
los realistas. 

Larrobla regresó á Montevideo el día 30 de enero (1814), 
con objeto de dar noticia del resultado de su misión. 

En conocimiento el Cabildo de la buena disposición de 
ánimo en que se hallaba el coronel Fernando Otorguez, dadas 
las proposiciones que le habían sido hechas, resolvió enviar- 
lo nuevamente cerca del mismo, de acuerdo con el acta 
reservada del 3 de febrero, conforme á lo ya determinado 
por la Junta el 31 del mes anterior. <2) 



(1) El general Artigas levantó su campamento del ala izquierda del sitio el 20 de 
«ñero de 1814, y se dirigió á las inmediaciones del río Santa Lucía Grande, sito en 
el departamento de Canelones, acampando en el paraje conocido por «Calera de 
€ku'cía^. 

í2) Don Francisco Bauza, en su Historia de la dominación española en el Uruguay ^ 
tomo m, atribuye la primera comisión á un desconocido, pues dice que apenas separa- 
do Artigas del asedio de Montevideo, supieron el hecho Bomarate 7 Loaces, que (es- 
taban en Martín García, y despacharon un emisario á Soriano, cometiéndo'e enten- 
derse con Otorguez sobre un futuro avenimiento. 

Don Isidoro De-María, en cambio, dice en el 2.* tomo de su Compendio de la HiS' 
toña de la República Oriental del Uruguay, que tan pronto tuvo Loaces noticias de la 
retirada de Artigas, despachó á su ayudante don Luis Larrobla, de Martín García 
para aquella localidad, á fin de explorar las disposiciones amigables del referido pa< 
triota. 

Don Francisco Acuña de Figueroat por su parte, es de la misma opinión de este 
último publicista, pues en el tomo 2.'* de su Diario Histórico del sitio de Montevideo, se 
expresa así con fecha 30 de enero: * 

De tratar con Otorguez 
Por Loaces comisionado, 
El incansabl<; Larrobla 
Llega este día en un barco. 
Aquél de Artigas caudillo, 
En Mercedes acampado, 
Habló con él y aún se afirma 
Que adicto mostróse y franco. 

Además, el mismo vate pone la siguiente nota al pie de los versos que preceden: 



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— 17 — 

También comisionó á don Antonino Domingo Costa (^> 
para que se apersonase al general Artigas con igual propó- 
sito; pero conviene hacer constar aquí, en honor suyo, que 
ninguno de los nombrados jefes orientales aceptó entrar en 
arreglos con Vigodet. 

Semejante fracaso, el impulso que tomaban los sitiadores 
y la noticia de que en Buenos Aires se armaba una escua- 
dra al mando de don Guillermo Brown, <3> sembraron la 
desazón en el Gobierno, y para atemperar el desaliento de 
los sostenedores de la plaza, se determinó, como un esfuer- 
zo supremo, confiar á Bomarate una nueva expedición, 
aunque no tan pacífica y fácil como la anterior. 

El bravo marino debía batir á los buques enemigos en 
sus propios dominios. 

El 17 de febrero, volvió el coronel Loaces de su excur- 
sión por los ríos sin haber obtenido ninguna ventaja para 
la causa de que era sostenedor. 

A cargo de la isla dejó al teniente Azcuénaga, con una 
guarnición de 30 hombres del Cuerpo de Guerrillas, de 
que fué jefe durante todo el sitio el entonces teniente coro - 
nel don Benito Chain. 

Para guardar el puerto, quedó un corsario. 

Con igual fecha, partió la anunciada expedición. 

La sutil y pequeña flotilla, se componía de los barcos de - 



«El capitán, entonces de Dragonea, don Luis LaTobla, por sus conocimientos en la 
«ampaña y pus relaciones de amistad con Artigas y Otorguez, era generalmente ocu- 
pado para aquellas comisiones importantes y peiigrosas^. 

Como Acuña de Figueroa se encontró en Montevideo durante el sitio de 1812 á 
1814, y los sucesos de la época los anotaba diariamente, optamos por sus datos á 
«ste respecto. 

(1) Costa formó parte de la Asamblea General Constituyente y L^^latiya del Es- 
tado (1828-1830), como diputado por el departamento de Paysandú. 

(2) Sra irlandés, y había sido maestre de la goleta Induatria. 



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— 18 — 

nominados Aranxaxú, Belén, Oálvex, Luisa, Murciana y 
Lanchan. 

En la Isla de Hornos debían reunírsele tres barcos Jiás, 
6 sean la Tortuga, el Queche, y el Lugre, que partieron el 
19 con ese destino. 

Sin embargo, esta expedición falló en la ejecución de su 
plan^ por las dilaciones de auxilios que esperaba de Monte- 
video. Entretanto, la escuadra argentina, sin experimentar 
oposición, continuó armándose, hasta que últimamente sa- 
lió á la mar, y por medio de hábiles evoluciones y astu- 
cias, consiguió dividir á la contraria evitando que se unie- 
sen los demás buques de que disponía el Cabildo, acosan- 
do á aquéllos con que contaba el experto marino, sin dar- 
le la menor salida del río Uruguay. ^^^ 

Vigodet se había imaginado, en su ofuscación, que con 
la retirada del general Artigas ^2) el gobierno de Buenos 
Aires suspendería el sitio por completo, y al noticiarse de 
que, por el contrario, se preparaba para arrebatarle su do- 
minio marítimo, cometió la insensatez de publicar un edicto 
con mucha antelación á la salida de sus buques, solicitan- 
do el concurso de los que quisieran alistarse para esa expe- 
dición. 

Este anuncio contribuyó, como se comprenderá, para 
que el enemigo se apercibiese á la defensa y apresurase la 
organización de la escuadra que preparaba. 

Brown, decidido como estaba á combatir contra Roma- 
rate, salió de la rada bonaerense con fecha 8 de marzo, con 
rumbo á Martín García. 



(1) FBA.NCI8C0 AccÑA DB FiGUBROA, obra Citada, tomo II. 

(2) Con su separación, el ojÓFeito de Readeau quedó reducido á cuatro milhom- 
bres. 



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— 19 — 

Su flota la f ormabaa la fragata Hércules, de 36 cañones, 
corbeta í7e/5ro, 18 cañones; bergantín Nancy, 15 cañones; 
goXetdíB Julieta Y Fortuna, y balandra Carmen y que con el 
concurso pecuniario de don Guillermo Pío White se había 
armado. '^^ 

Romarate se encontraba, á la sazón, en la isla, á la cual 
había arribado después de perder inútilmente el tiempo, co- 
mo la vez primera, en diversas excursiones; pero avesado á 
las aventuras marítimas, era hombre siempre pronto á ju- 
gar el todo por el todo. Disponía, en aquellos precisos ins- 
tantes, de los bergantines-goletas Belén, Aranxazú y 
Qálvex y de cinco lanchas cañoneras. 

El almirante de los patriotas se avistó el 10, llevando 
en seguida el ataque, que fué iniciado por él mismo en su 
nave capitana, la fragata Hércules, sobre la . BeléUy cuyo 
abordaje intentó. ^^í 

La naturaleza, sobreponiéndose á su audacia, obstó para 
que llegase hasta el buque insignia de los realistas, pues 
varó en un bajío muy próximo á la isla, ^^^ y allí, en tal 
inacción, fué objeto de un vivo fuego por parte de los bu- 
ques de Romarate y de los disparos de fusilería y artillería 
de la guarnición que comandaba en tierra el teniente 
Azcuénaga. 

La Hércules tuvo más de 100 hombres fuera de comba- 
te, entre muertos y heridos, siendo mucho menor la pérdida 
de los realistas. ^^^ 



(1) Baüzá, obra citada, tomo m. 

(2) La escuadrilla lo espera acoderada al abrigo de la isla, según la expresión del 
ilustre vate historiador. 

(3) A tiro de fusil, dice Figueroa. 

(4) Don Francisco Acuña de Figueroa, al relatar este suceso, en su obra ya citada, 
pone al pie la siguiente nota: «El parte dice, 6 se supone decir, que en nuestra es- 
cuadrilla hubo solo cuatro hombres muertos. Hay quien dice reservadamente que 
hemos tenido más de treinta entre muertos y heridos. 



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., 20 - 

El resto de la flotilla de Brown^ sometida tan sólo á la 
defensiva, no pudo operar ventajosamente, y sufrió el in- 
cesante tiroteo que se le bacía desde los buques y la isla. 
La Céfiro resultó con grandes averías. 

El 11 cesóla lucha, que fué adversa para los atacantes, y 
habiendo logrado su jefe poner á flote á la Hércules se reti- 
ró hacia la Colonia, en busca de refuerzos y para reparar 
los daños recibidos. 

Pero esta victoria de nada sirvió á los realistas, porque 
careciendo de mayores recursos, no pudo consolidar su po- 
der la flotilla de Romarate, quien se estacionó en el Canal 
del Infierno y pidió inútilmente auxilio á Montevideo, pues 
hasta le faltaban municiones. 

Su mensaje fué recién recibido el día 15, sin que el re- 
fuerzo solicitado le llegase á tiempo, á pesar de haberse re- 
suelto el inmediato envío de la Paloma, el Queche, el Lugre, 
la Mercnrioy el Gisne y la Fama, pues en la noche del cita- 
do día, al salir del puerto, varó la Paloma, que era la que 
conducía el repuesto de hospital y guerra, impidiendo, en 
consecuencia, la marcha de los demás buques. 

En Martín García había quedado Azcuénaga con un pe 
queño destacamento y un falucho. 

Su situación, en caso de un nuevo ataque, tenía que ser 
muy difícil y de adverso resultado. Acoderada la escuadri- 
lla en el Canal del Infierno, no le sería posible operar, en 
caso necesario, con la presteza y eficacia requeridas por las 
circunstancias, máxime si el viento no le era propicio; y eso 
resultó, en efecto. Brown, al frente de ocho lanchones, tri- 
pulados por la gente de sus baques, y sesenta dragones con 
que fué auxiliado en la Colonia, sacó partido de esa desven- 
tajosa posición de la escuadrilla realista, y hasta Eolo pare- 
cía su aliado, pues el hijo de Heleno se agitaba violenta- 
mente en contraposición á aquel lugar. 



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— 21 - 

Eu la madrugada del 1 5 procuró la revancha, y asaltó la 
isla, sin que Romarate pudiera maniobrar, pues se hallaba, 
como enclavado en el canal, expuesto al suplicio de la deses- 
peración y á presenciar inmóvil la encarnizada lucha i tra- 
barse entre sus compañeros de causa y los patriotas. 

La defensa del valeroso teniente fué obstinada; pero tuvo 
al fin que doblegarse ante el imperio brutal de la fuerza y 
desalojar la isla, embarcándose en la escuadrilla en unión 
de su tropa y de varios vecinos que compartieron con él los 
azares del desigual combate. 

Brown quedó así dueño de Martín García, y Romarate, 
tan luego le fué favorable el viento, zarpó del canal y se di- 
rigió á Soriano, donde las fuerzas de Otorguez, que guarda- 
ban las costas, procediendo con gran nobleza de alma le 
proporcionaron los víveres indispensables. 

El 17 se supo en Montevideo el nuevo percance ocurrido 
á las fuerzas navales realistas, por cuatro soldados del cuer- 
po de Chain, uno de ellos herido, y tres marineros, que lo- 
graron escapar á bordo de un falucho. 

La infausta noticia, produjo gran impresión en la plaza, 
y se pensó, como un esfuerzo supremo, en el envío de otra 
escuadrilla que operase en combinación con Romarate, cuyo 
mando le fué confiado á don José Primo de Rivera. 

Esa expedición partió del puerto al siguiente día, estando 
compuesta de los buques Mercurio, Lugre, Fama, Paloma, 
Queche, Cisne, una balandra y una goleta 

Formaban parte de ella, treinta hombres del cuerpo de 
Chain, á cargo del teniente Juan Cruz Urquiza; pero el 25 
regresó diciendo haber hablado con una fragata mercante 
inglesa, por la cual tuvo noticias de estar muy aumentadas 
las fuerzas enemigas, lo que le indujo á esquivar toda acción, 



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— 22 — 

viniendo á refugiarse al puerto sin haber cruzado un tiro 
con su contrario. ^^) 

Bomarate^ en tanto, se veía sometido á la dujra necesidad 
de permanecer encerrado en el Uruguay, y nunca más pudo 
volver al puerto á reunirse al resto principal de la escuadra, 
quedando así ésta dividida en sus fuerzas, y por lo mismo 
inferior á la ai^entina. De ahí que la armada realista, por 
los desacertados planes del Comandante General de Mari- 
na Sierra, y por otras causas, se f>ué inutilizando en de- 
talle. (2) 

Un día antes de la insólita vuelta de Primo de Rivera, 
Romarate combatió, en el arroyo de la China, con una pe- 
queña flota que había enviado Brown con el propósito de 
hostilizarlo. La mandaba el comandante Norther, que su* 
cumbió heroicamente en la demanda, lo mismo que el ca- 
pitan Spiro, que le acompañaba. El marino realista, se esta- 
ciona, poco después, en el Río Negro, sin que pudiese 
tornar á Montevideo, cuyo puerto bloqueaba su terrible 
adversario. 

Siendo ya desesperante la situación de la plaza, próxima 
á capitular y entregarse, por falta de elementos para conti- 
nuar la resistencia por mar y tierra, el Directorio de Buenos 
Aires trató de conquistarlo, atrayéndolo á su causa, y por 
intermedio del comandante linch, dirigióle un oficio fecha- 
do el 10 de junio y en el cual le decía: 

cMontevideo se halla en el último de sus apuros. Des- 
pués de destruida su fuerza naval por la de la patria el 17 
del pasado, sufre un asedio riguroso por mar y tierra. La 
pequeña división del mando de usted, no puede ya recibir 



(1) Bauza, obra citada, tomo m. 

(2) F. A. DE FiouBBOA, obra citada, tomo n. 



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— 23 — 

niagáQ auxilio de la plaza. Ella debe rendirse á las tropas 
orientales ó al gobierno de las Provincias Unidas. A usted 
corresponde calcular sobre las ventajas del partido que sea 
más decoroso á su pabellón y menos peligroso á las tropas 
que obedecen sus órdenes. Si usted quiere rendirse con sus 
fuerzas al gobierno de las Provincias Unidas, yo ofrezco 
aceptar una capitulación en que se consulte el honor y dig- 
nidad por una y otra parte. 

«En la situación en que usted se encuentra^ debe ceder 
el valor á la prudencia, para sacar un partido ventajoso de 
unas circunstancias inevitables . . . Está del todo pronta 
«na fuerza sutil bien armada y con tropa de desembarco, 
para pasar á batir la de su mando, si la obstinación no cede 
á la necesidad». 

La respuesta de Romarate fué digna de un militar de ho- 
nor, que abraza con fe la causa que sustenta. 

La crítica situación en que se encontraba, no obstó para 
que rechazase enérgicamente la proposición que se le hacía. 

Veamos los términos de su repulsa. Ella dice así: 

«En contestación al oficio de usted, que acabo de recibir 
y leer en presencia de los oficiales de mi división, digo á 
usted que ni la dignidad del pabellón nacional que ésta 
«narbola, ni el deber sagrado en que estamos constituidos 
para defenderla, nos permiten admitir partido alguno de 
rendición, sin que antes las armas que la nación se ha dig- 
nado poner en nuestras manos, queden cubiertas con el ho- 
nor á que son acreedoras . . . Esta escuadrilla no se entre- 
gará á nadie que no la busque por el camino de la gloria 
militar que ha seguido siempre». 



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Diversas ocupaciones de la isla 



Capitulación de Vtgodet, — Posesión de la plaza de Montevideo 
por et general de Alvear.—Eomarate y las fuerzas á su 
mando,— La fragata € Hércules», — Reconquista de Monte- 
video por los orientales, — Su ocupación por el general Le- 
cor. — La posesión de la isla, — Tolerancia de sus ocupantes. 
— Fortificación de la misma por fuerzas del vicealmirante 
Lobo. — BrowH se apodera de ella y también la fortifica. 

El 23 capituló Vigodet con el general don Carlos de Al- 
vear, que deade el 18 del mes anterior había sustituido á 
Rondeau en el sitio, y ese mismo día tomó posesión de la 
plaza, cuyas llaves le fueron entregadas al mayor general 
don Nicolás Vedia, comisionado por él al efecto. 

Eomarate, incitado nuevamente por el Directorio de Bue- 
nos Aires, para que se sometiese, en vista de la caída del 
poder realista, y creyendo ya inútil toda resistencia, resolvió, 
previa junta de oficiales, dirigirse á aquel puerto y hacer 
entrega de sus fuerzas, pues en la comunicación respectiva 
se le aseguraba cque en el carácter americano hallaría la ge- 
nerosidad que lo distinguía, si no la inutilizaba una impru- 
dente obstinación». 

Luego partió de allí para España, siendo en ella ascen- 
dido á brigadier de la armada. 



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— 25 — 

En cuanto á Brown^ la toma de Martín García y su triun- 
fo en el Buceo el 16 de mayo '^\ le valieron, entre otras 
distinciones, que se le regalase la fragata Hérctiles, á cuyo 
bordo había dado tantas pruebas de pericia y heroísmo. 

Los argentinos quedaron, por consiguiente, dueños abso- 
lutos de la isla en esa época; pero muy poco pudieron gozar 
de la posesión de Montevideo, pues la memorable batalla 
de Guayabos, librada el 10 de enero de 1815, por don 
Fructuoso Rivera contra don Manuel Dorrego, dio por re- 
sultado su entrega á los orientales efectuada el 26 de fe- 
brero, en la personado Otorguez, á quien Artigas había de- 
signado como gobernador. 

Despechados, sin embargo, por tan sensible pérdida, esti- 
mularon á los portugueses para que invadiesen el territorio 
oriental, como así lo hicieron en agosto de 1816, en que se 
apoderó del fuerte de Santa Teresa la vanguardia de su 
general en jefe don Carlos Federico Lecor. 

Artigas se aprestó á la lucha; pero fué desgraciado en las 
dos campañas por él emprendidas, sufriendo en ellas diver- 
sas derrotas ^^\ que debilitaron el poder de los patriotas y 
que trajo, como consecuencia ineludible, el desalojo de Mon- 
tevideo, que tuvo lugar el 18 de enero de 1817. 

£1 19, los cabildantes hicieron entrega á Lecor de las 
llaves de la ciudad. 



(t) Ea ese combate deshizo la escuadra de Primo de Rivera y le tomó las corbetas 
Nepiww y Pühma y el bergantín San José. 

(2) Ándresito fué derrotado el 3 de octubre de 1816, en San Borja, por el mariscal 
Abreu; Verdum, el 19 del mismo mes, en Ibiracohay, por el coronel Mena Barreto; 
Artigas, «n Carumbé, por Oliveira Alvarez; Rivera, el 19 de noviembre, en India 
Muerta, por Pinto de Araújo Correa; el mismo Artigas, en el Arapey, el 8 de enero 
de 1817, por Abreu; el coronel Andrés Latorre, en el Catalán, el día 4, por Abreu y 
Lecor, y el propio Andrento, el 19, en el ^guapcy, por el brigadier Chagas. 



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— 26 — 

Los argentinos mantenían aún su posesión de Martín Grar- 
cía, 7 el 2 de mayo de 1818 permitieron el pase al Uruguaj de 
la escuadrilla lusitana^ que mandaba Jacinto Roque Sena 
Pereira^ habiendo penetrado por la boca del Guazá^ sin 
que la guarnición de la isla opusiese el menor obstáculo. 

Emigrado Artigas al Paraguay (^^ que traicionado por 
Francisco Ramírez, é impotente ya para lograr s^us patrióti- 
cos fines, prefirió el ostracismo antes que el sometimiento^ 
y habiendo depuesto las armas el general Rivera, único 
caudillo oriental que se mantenía en pie de guerra, los por- 
tugueses quedaron dueños del país hasta el 11 de septiem- 
bre de 1822, en que Lecor abandonó Montevideo, sometién- 
dose á la obediencia del Emperador del Brasil don Pe- 
dro I. ^2) 

Su dominación, no obstante, tenía que ser estéril y pasa- 
jera. El espíritu revolucionario se hallaba latente, y el triun- 
fo de Ayacucho, obtenido por Sucre el 9 de diciembre de 
1824, contra las fuerzas del virrey La Cerna, que cimentó 
la independencia americana, despertó el entusiasmo entre 
los patriotas orientales emigrados, que el 19 de abril de 
1825 desembarcaron en la Agraciada al mando del enton- 
ces coronel don Juan Antonio Lavalleja. 

Dispersada en San Salvador una columna brasileña á 
órdenes de Julián Laguna; tomado Soriano el 24 de abril; 
instalado en la Florida el Gobierno Provisorio, el 14 de ju- 



(1) £1 23 de septiembre de 1820,— «n unión de unoi 200 hombres, cruzó el Paraná 
y te presentó á la guardia paraguaya de la Candelaria. 

(2) El 22 de marzo de 1820, el general Rivera fué sorprendido por el teniente c«- 
ronei Cameire, en su campamento de Tres Arboles, no obstante el armisticio pacta- 
do con Bentos Manuel Bibeiro , en momentos en que meditaba sobre las bases de 
pacificación que le habfan sido propuestas por el Cabildo de Monterideo y hallándose 
sus fuerzas á pie, confiadas en aquel compromiso de honor. 



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— 27 — 

nío; declarados el 25 de agosto, por la H. Sala de Represen- 
tantes de la Provincia Oriental del Río de la Plata^ írritos, 
nulos^ disueltos 7 sin ningún valor para siempre, todos los 
actos de incorporación, reconocimientos, aclamaciones y 
juramentos hechos á los poderes de Portugal 7 el Brasil; 
triunfante el general Fructuoso liivera en el Rincón de las 
Gallinas el 24 de septiembre contra las fuerzas imperialis- 
tas de Mena Barrete y González Jardim; victorioso Lavalleja 
en Sarandí, el 12 de octubre, sobre Bentos Manuel, y en 
vísperas de aliarse los orientales con los argentinos para la 
prosecución de la lucha, la marina enemiga ocupó Martín 
García, á fines de noviembre, fortificando la isla; pero á 
últimos de febrero de 1826, fué ella abandonada, por dis- 
posición del vicealmirante Lobo, que ordenó se le incorpo- 
rasen la guarnición allí destacada y la escuadrilla del Uru- 
guay, para atender á la Colonia amenazada por los patriotas. 
Desde entonces permaneció abandonada, hasta principios 
del año 27, en que el almirante Brown hizo un reconoci- 
miento del río, á fin de cerciorarse de la posición que ocu- 
paban en el Uruguay los bageles brasileños de menor tama- 
ño, y trató entonces de fortificarla, operación esta que 
terminó en los comienzos de marzo. ^^> 

Brown, sin embargo, no se estacionó en la isla con sus 
buques, pues era su objeto batir á la escuadra contraria, 
siempre que se le presentase la ocasión, y el 12 de octubre 
dejó en ella los buques mayores de que disponía, para con- 
tinuar, con los de menos calado, la persecución de la escua- 
dra de Jacinto Roque de Lima Pereira, que había sido de- 
rrotada en el Juncal el día 9. 



(1) De-Mabía, obra citada, tomo V. 



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I838-I845 



Joma de la isla por fu&rzas riveristas y francesas, — Resistencia 
heroica del comandante Costa, — Dignísima conducta de los 
vencedores. — Notas cambiadas entre el capitán de la €Bor' 
dalaise^ y el jefe de la guarnición. — Del comandante Da- 
guenet al gobernador de Buenos Aires, — El parte del coman^ 
dante Costa. — Estación de servicio en la isla, — Convenio 
franco-orientaL-^Tratado Eoxas-MacKau, — Manifiesto- 
protesta del Presidente, general Rivera, — Toma de la misma 
por Oaribaldi, — Todos los detalles. 

Fuerzas navales francesas y riveristas se posesionaron 
de la isla de Martín Grarcía^ muchos años después. 

Ese hecho se realizó el 1 1 de octubre de 1838; pero días 
antes habían mediado explicaciones entre el capitán de la 
Bordalaise y el teniente coronel Gerónimo Costa, jefe rocista 
que guarnecía aquel punto. 

El referido marino, le hizo saber, al aproximarse á dicha 
isla, que su único objeto era bloquear los puertos dependien- 
tes de las autoridades bonaerenses. 

No obstante esta advertencia, el comandante Costa le in- 
terrogó respecto al papel que desempeñaban los buques 
orientales, armados en guerra, unidos á . los de la escuadra 
francesa. 

He aquí la contestación que obtuvo: 



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— 29 — 

«Señor Comaadaafce de la isla de Martín García. — Señor 
Comandante: —Tengo el honor de acusar recibo de vuestra 
carta del 9 del corriente y de confirmaros que tengo orden 
de defender por todos mis medios^ sí se tratase de atacar los 
buques del Estado Oriental, que en estos momentos se ha- 
llan fondeados cerca de nosotros.— Aceptad, señor coman- 
dante, la seguridad de mi perfecta consideración. — El ca- 
pitán de la Bordalaise, Z. de la Lande de Galau.^ 

El 11 le fué intimada al jefe argentino la entrega de la 
isla. 

Su respuesta fué la siguiente: 

«Tengo á la vista el oficio del señor comandante de las 
fuerzas navales francesas frente íí esta isla, por el que me 
intima la orden de entregar el destino que se me ha hecho 
la honra de confiarme. En contestación á ella, solo tengo 
que decirle que estoy dispuesto á sostener, según es de mi 
deber, el honor de la nación á que pertenezco. — Dios guar- 
de, etc. — Oerónimo Costa, t^ 

Después de tan categórica declaración, no era posible 
cruzarse de brazos, ni esperar nuevas órdenes del contraal- 
mirante Leblanc, ni del jefe de los disidentes, y se resolvió 
el inmediato ataque. 

Tomaron parte en el combate librado las corbetas Es* 
peditive y Bordalaise, el bergantín Vigilante y la chalupa 
Ana,, de la escuadra francesa, y las goletas revolucionarias 
denominadas Loba, Eufrasia, Estrella y Atrevido. 

La resistencia era temeraria, y apenas pudo mantenerse 
durante hora y media. 

La bandera francesa tremoló allí durante veinticuatro 



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— 30 — 

horaS; siendo reemplazada por el pabellón oriental^ y tanto 
el comandante Costa como la guarnición de Martín García 
tomada prisionera^ fueron conducidos á Buenos Aires en el 
Dassas, (^^ 

Los siguientes documentos dan cuenta de la manera 
heroica con que supieron luchar los defensores de la isla, y 
la conducta noble y generosa empleada por el jefe que te- 
nía bajo sus órdenes las fuerzas navales francesas que ac- 
tuaron en ese suceso. 

Contrasta, sin embargo, el estilo llano y sincero que se 
nota en el oficio del comandante Daguenet, con el lenguaje 
cortesano que campea en el parte del comandante Costa: 

«Al señor Gobernador General de la Repáblica Argenti- 
na. — Encargado por el señor comandante Leblanc, coman- 
dante en jefe de la estación del Brasil y de los mares de la 
América del Sur, de apoderarme de la isla de Martín Gar- 
cía con las fuerzas que había puesto á mi disposición para 
este objeto, desempeñé el 11 de este mes esta misión. — 
Ella me ha proporcionado la ocasión de apreciar los ta- 
lentos militares del bravo teniente coronel don Gerónimo 
Costa, Gobernador de esta isla, y de su animosa lealtad hacia 
su país. Esta opinión, tan francamente manifestada, ha sido 
también la de los capitanes de las corbetas francesas J^sp^- 
ditive y Bordalaise, que han sido testigos de la increíble ac- 
tividad del señor coronel Costa, y de las sobrias disposi- 
ciones tomadas por este oficial superior para la defensa de 
la importante posición que estaba encargado de conservar. 
Lleno de estimación por él, he creído que no podría darle 
una mejor prueba de los sentimientos que me ha inspirado, 



(1) Los prisioneros ascendían á 97. 



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— 31 — 

que manifestando á V. E. su bella conducta durante el ata- 
que dirigido contra él el 11 de este mes, por fuerzas bas- 
tantes superiores á las de que él podía disponer. — Soy 
con el más profundo respeto, señor Gobernador Gene- 
ral, de V. E. su muy humilde y obediente servidor. 

«El comandante del bloqueo y jefe de la expedición so- 
bre Martín Gtircfa, 

Hipólito DagueneU, 

«A bordo del Dassas, delante de Buenos Aires, el 14 de 
octubre de 1838. — ¡Viva la Federación! — El comandante 
de Martín García, Buenos Aires, octubre 15 de 1838, 
al señor Capitán del Puerto, coronel don Francisco Crapo. 
— El 1 1 del corriente á las 8 de la mañana, recibí la inti- 
mación que original tengo el honor de acompañar á V. S., 
con la copia de mi contestación y demás notas que adjunto. 
— En este estado, reuní á los señores oficiales de la guarni- 
ción, y les expuse que yo estaba dispuesto, como era de mi 
deber, á sostener á todo trance el destino que mandaba, de- 
jando bien puesto el honor del pabellón. Todos unánimemen- 
te contestaron, que ellos también lo estaban, y que perderían 
gustosos la última gota de sangre, por salvar el honor argenti- 
no. En seguida reuní toda la fuerza de que se componía la 
guarnición de la isla, y me preparé á la defensa, destacando 
tres guerrillas de infantería en observación, y una de caba- 
llería; de las primeras, una á la parte Sud, otra al muelle vie- 
jo, y la otra, sobre las barrancas que miran al Oeste, desta- 
cando la de caballería que constaba de diez hombres sobre la 
costa del Nordeste con orden de replegarse al reducto en el 
momento que se rompiese el fuego, lo que no pudo verificar- 
se por haber quedado cortada por las fuerzas enemigas. La 



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— 32 — 

escuadra francesa y la de los anarquistas fondearon al Sud- 
este de la isla, de donde salieron 45 embarcaciones entre 
lanchones y lanchas, todas cargadas de gente de desembar- 
co, atracando al muelle viejo. Los asaltantes rompieron el 
fuego sobre el reducto, siguiéndole todos los buques de am- 
bas escuadras, al que contesté con las tres piezas de artille- 
ría á mi disposición, dirigiendo la de 24 sobre la escuadra, y 
la de á 12 sobre el muelle viejo, donde una guerrilla soste- 
nía el fuego, pero no constaba más que de siete argentinos 
valientes, que lo hacían en retirada. El enemií^o, en número 
como de 500 hombres, formó tres columnas de ataque y una 
de reserva, de las cuales una atacó de frente por el camino, 
guareciéndose de los cercos, y las otras tres que marcharon 
cubiertas por los barrancos por el Nordeste del reducto; la 
otra por el Sudoente, quedando la reserva en la misma direc- 
ción y rompiendo las tres al mismo tiempo el fuego que fué 
contestado por otro de fusilería, y las dos piezas de á 12, 
jugaban con el mejor acierto contenienda al enemigo. En 
medio de este fuego vigoroso que por todas partes nos abra- 
saba, nuestros 96 valientes de que constaba la guardia, con 
21 canarios y 15 presos armados de lanzas, se inflamaban de 
entusiasmo á la vista del retrato de nuestro ilustre Restau- 
rador de las Leyes, y el del bravo general don Juan Facun- 
do Quiroga, que les había colocado en el asta bandera á cu- 
bierto de los fuegos. La artillería de los buques no nos 
dejaba respirar, porque un sinnúmero de balas daban en el 
terraplén aún no concluido, levantando gran cantidad de 
tierra y volteando algunos hombres. Las referidas columnas 
de ataque lo hacían con vigor, pero eran detenidas por nues- 
tros bravos. Después de hora y cuarto de un combate tan 
desigual como reñido, todas las columnas cargaron sobre el 
reducto, cuyo foso podía saltarlo un niño do cuatro años, por 



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- 33 — 

no estar acabado. Puesto ya el enemigo bajo nuestros fue- 
gos, y hallándose nuestras piezas de á 12 fuera de las ex- 
planadas, que tampoco estaban concluidas, y como sucedió 
durante toda la acción, pues á cada tiro teníamos que le- 
vantarlas á hombro, por quedar coalas gaulderas en tierra, y 
las piezas boca arriba, observé que el forro de una gran caja 
de munición ardía, la cual con gran trabajo se logró apagar. 
En tales circunstancias efectuaron el asalto, apoderándose 
del reducto. Ellos han triunfado, pero ha sido en fuerza de 
su mucho mayor námero, de la escuadra y de las demás cir- 
cunstancias que quedan ya detalladas. 

«Yo, y mis compañeros de armas fuimos hechos prisione- 
ros, habiendo sido tratados con la mayor generosidad por 
los señores jefes, oficiales y tropa franceses. Durante el asal- 
to, todas las habitaciones de la isla fueron saqueadas; pero 
los jefes y oficiales de las fuerzas enemigas, hicieron volver 
todo lo que se pudo encontrar. Las pérdidas del enemigo 
han sido de consideración. Por nuestra parte contamos la 
desgracia del bravo subteniente de Restauradores don Fran- 
cisco Molina, y al antiguo veterano sargento de artillería 
Juan Sanco, que después de haber prestado importantes ser- 
vicios durante la acción, murió de una cuchillada en los mo- 
mentos de clavar el cañón que mandaba. También tenemos 
que deplorar la pérdida de 12 soldados muertos y 25 heri- 
dos. ^^^ Me es satisfactorio recomendar á la atención del 
Superior Gobierno, la brava comportación, tanto en los tra- 
bajos como durante el ataque, de los bravos oficiales sar • 
gento mayor graduado don Juan B. Tohorne, que se hallaba 
encargado de la artillería con el intrépido subteniente Mo- 
lina, como asimismo la bravura de los tenientes de milicias 

(1) Los fuerzas franco-orientales tuvieron 89 muertos j 15 heridos. 
S 



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— 34 — 

don Benito Argerich, que estaba encargado de la infantería, 
con los de igual clase don Antonio Miranda y don Joan 
Bosas, y la del subteniente don Domingo Turreiro. El de- 
nuedo y entusiasmo de la tropa no tiene ejemplo, y por lo 
tanto recomiendo á la consideración de S. E. á estos va- 
lientes, que han llenado honrosa y dignamente sus deberes. 
«Dios guarde á V. S. muchos años. — Oerónimo Costar. 
El 23 de abril de 1839, con motivo de haberse declarado 
la guerra al tirano Rozas, se firmó un convenio de alianza 
local, entre el gobierno presidido por don Gabriel Antonio 
Pereira y el representante de Francia en nuestro país, ha- 
biéndolo suscripto el doctor don José EUauri, en su calidad 
de Ministro de Relaciones Exteriores, y don Ramón Bare- 
dére, cónsul de aquel país. 

Dicho convenio se relacionaba con la navegación de los 
buques de cabotaje, destinados al tráfíco del Plata, del 
Uruguay y del Paraná. 

De acuerdo con el artículo 6.®, se establecieron cinco es- 
taciones de servicio, correspondiendo la cuarta de ellas á 
la isla de Martín García, debiendo ser extendido el visto- 
bueno de este punto por el oficial francés y el oficial orien- 
tal que mandaban las fuerzas allí destacadas. 

El 29 de octubre de 1840 se firmó un tratado de paz en- 
tre el barón Mackau y el doctor Felipe Arana, representan- 
do el primero de ellos á S. M. el Rey de los Franceses, y el 
segundo al Gobernador y Capitán General de la Provincia 
de Buenos Aires, concluyendo así las graves diferencias sur- 
gidas entre la Francia y don Juan Manuel de Rozas. 

Entre las bases concertadas á ese fin, figuraba la siguiente: 

«Artículo segundo. El bloqueo de los puertos argentinos 

será levantado, y la isla de Martin Oarda evacuada por las 

fuerxas francesas, en los ocho días siguientes á la ratifica- 



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— 35 — 

ción de la presente Convención, por el Gobierno de Buenos 
Aires. 

«El material de armamento de dicha isla será repuesto tal 
como estaba el 10 de octubre de 1838. 

«Los dos buques de guerra argentinos capturados duran- 
te el bloqueo, ú otros dos de la misma fuerza y valor, serán 
puestos en el mismo término, con su material de armamento 
completo, á la disposición de dicho Gobierno». 

Con este motivo, el Gobierno Oriental, que presidía el 
general Rivera, lanzó un manifiesto-protesta, con fecha 4 
de noviembre, cuyo párrafo final decía así: 

«Si el señor almirante Mackau entrega al gobernador de 
Buenos Aires estos buques, en estado de servicio y armados, 
si evacúa la isla de Martín García sin dar al Gobierno el 
tiempo suficiente á ponerla en estado de defensa, comete 
contra la República dos actos de hostilidad, no sólo gratui- 
tos, sino inmerecidos, pues la República no ha hecho hasta 
ahora sino repetidos é importantes servicios á la Francia. 
El Gobierno, por su honor y por el respeto que se debe á 
toda nación independiente, sea grande ó pequeña, fuerte ó 
débil, no puede envolver este acto en el silencio que se ha 
propuesto guardar sobre todos los del plenipotenciario 
francés, sin oponer la más formal protesta, como por el pre- 
sente documento lo hace, á los fines que el derecho, la razón 
y la justicia den lugar». 

Con esta protesta quedaba salvado el derecho del Go- 
bierno Oriental á la posesión de la isla, que sólo le fué arre-» 
hatada entonces, como más tarde, por el imperio de la 
fuerza. 

En 1845, al pasar por ella el general Garibaldi con sus 
heroicos legionarios, resolvió tomar posesión de la isla y 
confió esa tarea al teniente coronel don Francisco Anzani, 



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— 86 — 

quien el 5 de septiembre, al frente de un pequeño destaca- 
mentOy se dirigió al reducto de la fortaleza allí establecida^ 
siendo las 5 de lá tarde, é intimó la rendición al comandan- 
te don Pedro Rodríguez, á nombre del Gobierno Oriental. 

Dicha isla había sido desarmada hacía poco por su jefe 
el coronel Crespo, que resolvió fortificarse en San Nicolás, 
previendo lo que podría sobrevenirle. 

Según lo refiere don Antonio Díaz en el tomo 7.® de su 
obra «Historia de las Repúblicas del Plata», el referido mi- 
litar só!o dejó en aquel paraje un oficial con 19 soldados 
inválidos para custodia de la bandera y con orden de arriar- 
la al primer tiro del enemigo. 

En cuanto á la insignificancia de los elementos de defen- 
sa con que contaba la isla, concuerdan unos apuntes del 
teniente coronel Antonio Alemán, que iba entre los expedi- 
cionarias, pues dice á este respecto: «El 6 de septiembre 
fondeamos frente de Martín Grarcía, y encontramos que ya 
nuestra vanguardia se había apoderado de la isla, habiendo 
tomado al comandante y nueve negros inútiles». 

El comandante Rodríguez se dirigió, por escrito, al jefe 
de la escuadra nacional, manifestándole que no habiendo 
recibido orden de su gobierno para abandonar la isla, sólo 
podría ceder á la violencia de la mayor fuerza, protestando, 
como protestaba en debida forma, de ese hecho. 

En su consecuencia, decía, exijo del señor comandante á 
quien me dirijo, me conteste á ésta para retirarme á la ciu- 
dad de Buenos Aires á dar cuenta al Superior Gobierno de 
la violencia que me obligó á abandonar la isla.» 

Garibaldi respondió en los siguientes términos: 

«Escuadrilla Nacional.— Martín García, septiembre 6 
de 1845.— Señor Comandante: En contestación á su nota 
fecha de ayer, en la cual usted me manifiesta la orden de su 



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— 37 — 

gobierno de no ceder la isla de su mando sino á la fuerza, 
yo digo: que tengo orden del Gobierno Oriental para pose- 
sionarme en su nombre de la misma: en consecuencia, vista 
la superioridad de fuerza que tengo á mi disposición y la in • 
ferioridad de las suyas, le intimo rendición de la isla, com- 
prometiéndome á respetar á usted y á la guarnición que lo 
acompaña, y dejar á su elección poderse retirar donde mejor 
le parezca. — Le saluda. — José Oaribaldi.^ 

No obstante ser él el jefe de la Escuadrilla Nacional, con- 
certó esta respuesta con los comandantes de los tres buques 
anglo-franceses que se hallaban fondeados frente á la isla. 

El comandante Rodríguez solicitó se le permitiera em- 
barcarse en uno de los buques extranjeros para trasladarse 
á Buenos Aires, y á ese efecto se eligió el bergantín inglés 
de guerra Dolphin. Con él fueron también once soldados 
que componían la guarnición á su cargo. 

En posesión de la isla, arriaron el pabellón argentino, que 
flameaba á nombre de la Santa Federaeión, y se enarboló 
la bandera nacional, que en aquel momento no sólo repre- 
sentaba al país cuyos colores encarnara, sino también la li- 
bertad é independencia de los pueblos del Plata, puesto que 
se luchaba contra dos tiranos coligados para oprimir á 
orientales y argentinos. 

Al coronel don Julián Martínez le fué confiado más tarde 
el mando de la isla. 

Después de proveerse del ganado necesario y de diez ca- 
ballos, Graribaldi, en unión de los almirantes Inglefield y 
Lainé, con sus respectivas escuadras, prosiguió el día 7 su 
excursión aguas arriba. 

Entre los buques que llevaban, contábanse la goleta 
Maipú y los bergantines General San Martín y General 
EchagüCy tomados al almirante Brown en la bahía de Mon- 
tevideo el 4 del mes anterior. 



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— 38 — 

El esforzado Anzani, con varios barcos menores hizo 
de explorador, pues se le confió la vanguardia de la expedi- 
ción, logrando apresar cuatro buques mercantes que osten- 
taban bandera enemiga en el trayecto de Martín García has- 
ta el Taguarí, punto á que se dirigían. Eran esas embarca- 
ciones la balandra Manuelita, el pailebot Juan Isabel, la 
zumaca Emilia y el pailebot San Vicente. 

Garibaldi menciona en sus Memorias^ como uno de los 
más valiosos elementos que obtuvo en Martín Grarcía, al 
matrero de apodo Viboriña. Dice que fué hallado allí por 
el comandante Anzani; que había encontrado una barca en 
la orilla del Canal del Infierno, y poniendo una pistola en el 
pecho del barquero, le obligó á transportarle á la isla, donde 
iba á presentarse. 



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Argentinay por la fuetiza 



A raíz de la caída de Rozas, — Nota del nuevo gobernador 
de Buenos Aires solicitando la posesión de la isla. — Ees* 
puesta del Gobierno Oriental. — Precipitación y debilidad del 
mismo, — Réplica del Ministro de la Peña é injustificable 
silencio de la cancillería uruguaya, — El comandante Timo- 
teo Domínguez. — Una frase lapidaria. 

Hasta entonces, había permanecido en poder del rocismo. 

Estaba escrito, sin embargo, que en este tira y afloja ha- 
bían de sacar los orientales la peor parte, más por el impe- 
rio de la fuerza que por la fuerza del derecho. 

Vino la paz del 8 de octubre de 1851, luego la caída de 
Rozas con su derrota en Caseros, que le fué infligida el 3 de 
febrero de 1852, por fuerzas urquicistas, orientales y bra- 
sileñas, é inmediatamente de ocupar el Gobierno Provisorio 
el doctor Vicente López y Planes, fijó su pensamiento en 
Martín García, resolviendo su ocupación, sin otro trámite 
que el de un simple aviso á su colega de la opuesta orilla. 

Esa nota, que no condice con el espíritu de fraternidad que 
reinó dentro de los muros de Montevideo, entre los argen- 
tinos unitarios y sus demás defensores, ni en la alianza que 
dio por resultado la cesación de la cruenta guerra que durara 
ocho años, siete meses y veintidós días y el derrumbe del 



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— 40 — 

despotismo f ederal^ se halla concebida en los siguientes tér- 
minos: 

«¡Viva la Confederación Argentina! — Ministerio de 
Relaciones Exteriores. — Buenos Aires, febrero 25 de 
1852. —Al Excmo. señor Ministro Secretario de Esta- 
do en los Departamentos de Grobierao y Relaciones 
Exteriores de la República Oriental del Uruguay. — La ocu- 
pación de la isla de Martín García por fuerzas extranjeras, 
fué un medio de hostilidad adoptado contra el ex goberna- 
dor de Buenos Aires, que no tiene ya objeto, ni puede ser 
continuado^ desde que la guerra cesó, y la Confederación 
Argentina se ve libre de la tiranía de aquél. Una de las 
primeras atenciones del gobierno provisorio ha sido volver 
á entrar en posesión de esa isla, que es una parte de su te- 
rritorio; y ha dado orden al infrascripto para que dirigién- 
dose á V. E. le prevenga que, del día 10 al 15 del próximo 
mes de marzo, partirá de este puerto una fuerza suficiente 
para tomar posesión de la expresada isla y mantenerla coma 
corresponde. El infrascrito espera que elevando V. E. esta 
disposición al conocimiento del señor Presidente de esa Re- 
pública, se servirá recabar de él las órdenes convenientes, á 
fin de que la toma de posesión de la isla no encuentre difi- 
cultad alguna desde el momento que las fuerzas argentinas 
se presenten en ella. — Dios guarde á V. E. muchos años. — 
Luis J. déla Peña.^ 

En esa época ocupaba provisoriamente la presidencia de 
laRepáblica el Presidente del Senado, que lo era don Ber- 
nardo P. Berro, pues don Joaquín Suárez había hecho en- 
trega del mando el día 16. 

El 1.^ de marzo debía precederse á la elección del nuevo 
mandatario de la nación, y, sin embargo, un día antes, el 28 
de febrero, precediéndose con una precipitación iujustifica- 



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— 41 - 

ble, se dio la siguiente respuesta por el Oficial Mayor don 
Alberto Flangini, encalcado del despacho de los Ministerios 
de Gobierno y Relaciones Exteriores: 

«Ministerio de Relaciones Exteriores — Montevideo, fe- 
brero 28 de 1852. — El infrascrito ha recibido y elevado al 
conocimiento de S. E. el señor Presidente de la República, la 
nota de V. E. fecha 25 del corriente, relativa á la posesión 
de la isla de Martín García. S. E. el señor Presidente ha 
ordenado al infrascrito diga á V. E., en contestación, que se 
han impartido al Ministro de la Guerra las órdenes necesa- 
rias, á fin de que disponga que las fuerzas argentinas que se 
presenten á tomar posesión de dicha isla ló efectúen sin el 
menor inconveniente. El infrascrito tiene también orden 
muy especial para manifestar á V. E., á fin de que tenga á 
bien ponerlo en conocimiento del señor Gobernador Pro- 
visorio de esa Provincia, que, al dar el Gobierno posesión 
de la isla citada al de Buenos Aires, lo hace salvando todos 
y cualesquiera derechos que la República pueda hacer valer 
sobre ella. — Cumplidas así las órdenes del señor Presidente, 
el infrascrito saluda á V. E. con la más alta y distinguida 
consideración. — Alberto Flangini. — A S. E. el señor 
Ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Ar- 
gentina.» 

Hemos dicho que es injustificable la precipitación con que 
se procedió por parte del Presidente del Senado en ejerci- 
cio del Poder Ejecutivo, porque debiendo elegirse dentro de 
veinticuatro horas el primer mandatario de la República, lo 
natural y prudente habría sido delegar en él la contestación 
á darse, ó cuando menos asesorarse de la Asamblea Gene- 
ral, verdadera delegada del pueblo, que pudo abordar la 
solución de tan importante asunto, en sesión secreta, con 
mayor calma y acierto, y cuya deliberación habría tenido la 
virtud de encarnar el voto y las aspiraciones del país. 



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— 42 — 

Por otra parte^ no se trataba de un caso tan urgente, 
puesto que el gobierno argentino indicaba que la ocupación 
de la isla tendría lugar del 10 al 15 de marzo, esto es, 
diez ó quince días después de la elección presidencial. 

La nota del Gobierno Oriental, dio margen á una nueva 
comunicación, que dice así: 

«Ministerio de Relaciones Exteriores. — ¡Viva la Confede- 
ración Argentina!— Buenos Aires, marzo 23 de 1852. —A 
S. E. el señor Ministro Secretario de Estado en los 
Departamentos de Gobierno y Relaciones Exteriores de la 
República Oriental del Uruguay, doctor don Florentino 
Castellanos. — El infrascrito tiene el honor de avisar á V. E. 
el recibo de la nota que con fecha 28 del próximo pasado, 
le dirigió el Oficial Mayor de ese Ministerio, comunicándo- 
le haberse impartido órdenes al Ministerio de la Guerra, á 
fin de que se efectúe, sin el menor inconveniente, la toma 
de posesión de la isla de Martín García por las tropas ar- 
gentinas. Grato le es al infrascrito, participará V. E., que 
en cumplimiento de órdenes del Excmo. señor Gobernador 
Provisorio, á cuyo conocimiento elevó la nota de V. E., se 
halla en el deber de declarar que el contenido de la nota 
mencionada ha venido á acabar de persuadirlo, de que el 
Gobierno Oriental se halla dispuesto á obrar en consonan- 
cia con sus principios de cordialidad y simpatía hacia el 
Gobierno Argentino. Pero el infrascrito tiene especial encar- 
go del Excmo. señor Gobernador Provisorio, para expresar 
á V. E. que se ha enterado con pesar de la reserva que se 
hace al final de la misma nota, de todos los derechos que 
la República Oriental pueda hacer valer sobre la isla de 
Martín García. El Gobierno de la Provincia no puede ad- 
mitir de manera alguna, esa reserva de derechos, por cuanto 
su admisión importaría el reconocimiento tácito de dere- 



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— 43 — 

chos que el gobierno ignora asistan, ni hayan asistido ja- 
más, á la Bepública Oriental, sobre la isla de Martín Gar- 
cía, parte integrante del territorio de la Confederación Ar- 
gentina. El infrascrito tiene orden también de avisar á 
V. E. haber recibido aviso oficial de que las tropas argenti- 
nas tomaron posesión de la isla de Martín García el 17 del 
corriente, y que los buques de guerra argentinos que las 
condujeron á ese destino, tomaron á su bordo á la guarni- 
ción oriental para conducirla á la Colonia. El infrascrito 
aprovecha esta oportunidad para reiterar á S. E. el señor 
Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores las segurida- 
des de su consideración distinguida. — Luis J. de la Peña.:» 

En cumplimiento de las órdenes recibidas, el comandante 
don Timoteo Domínguez hizo entrega al jefe argentino Seguí, 
déla isla de Martín García, retirándose con los noventa hom- 
bres de su mando á la ciudad de la Colonia, pero negóse á 
bajar y entregar el pabellón nacional, á cuyo objeto tron- 
chó el largo y pesado leño que conservaba al tope la enseña 
de la patria, pronunciando aquella célebre frase que ha pa- 
sado á la historia: €¡La bandera oriental no se entrega ni 
arría! :^ ^^^ 

Como se ve, un simple comandante tuvo en más alto pre- 
cio la dignidad nacional que todo un hombre público como 
don Bernardo P. Berro, que con el correr del tiempo fué 
también Presidente de la Bepáblica. 



(1) Okestbs AsAtTJo: Diooionario Oeográfíco del Uruguay. 



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Uruguaya, por derecho 



Límites de la antigua Banda Oriental, — Límites del Es- 
tado Cisplalino. — Límites de la República Oriental aX 
ser reconocida como nación libre é independiente. — Pala- 
bras del Padre Pedro Lozano, — Tratado de comercio y na- 
vegación entre el Brasil y la República Oriental, — Conve- 
nio de alianza ofensiva y defensiva ajustado con el Brasil 
y el Estado de entre Ríos. — Tratado entre el Brasil y la 
Argentina, — Opinión de los señores Lobo y RiuOavets, — 
Derecho de dominio sobre las islas. — Opinión del internen 
cionalista argentino don Garlos Calvo. — Distancia que me- 
dia entre la isla y las costas uruguaya y argentina, — Otros 
comprobantes, 

¿Cuáles eran los límites de la antigua Banda Oriental?; 
¿cuáles los del Estado Cisplatino? (denominación dada en el 
acta de incorporación á Portugal de fecha 31 de julio de 
1821)? y ¿cuáles los que tuvo laRepública Oriental del Uru- 
guay al ser reconocida como nación libre é independiente? 

En el acta de la referencia se lee: 

«Artículo 1.*^ Este territorio debe considerarse como un 
Estado diverso de los demás del Reino Unido, bajo el nom- 
bre de Cisplatino (alias Oriental). 

«Art. 2.® Los límites de él serán los mismos que tenía 
y se le reconocían al principio de la revolución, que son: 
por el Este, el Océano; por el Sur, el Río de la Plata; por 



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— 45 — 

el Oeste el Uruguay; por el Norte el río Ciiareim hasta la 
(Juchilla de Santa Ana, que divide el río de Santa María, y 
por esta parte el arroyo . Tacuarembó Grande, siguiendo á 
las puntas del Yaguarón que entra en la laguna del Miré 
y pasa por el puntal de San Miguel á tomar el Chuy que en- 
tra en el Océano.» 

Pues bien: ni al incorporarse al Brasil en 1824, ni du- 
rante las luchas de la independencia, ni mediante tratado 
alguno, se modificaron jamás esos límites en la parte relatí* 
va al Río de la Plata y al río Uruguay. 

Por consiguiente, tanto en la Declaratoria hecha en la 
Florida el 25 de agosto de 1825, por la cual se anulaban 
todas las actas de incorporación y obediencia á Portugal y al 
Brasil, y la Provincia Oriental reasumía la plenitud de sus 
derechos, emancipándose de todo poder extraño, como en la 
Convención Preliminar de Paz celebrada el 27 de agosto 
de 1828 entre el emperador del Brasil y el Gobierno de la 
República de las Provincias Unidas del Río de la Plata, con 
intervención de la gran Bretaña, que fué ratificada, confir- 
mada y aprobada, respectivamente, el 30 de agosto y 29 
de septiembre del mismo año, se mantuvieron dichos lími- 
tes, puesto que ninguno de ellos fué materia de debate ni 
de modificación. 

Los dos artículos primeros de dicho convenio, hablan 
con más elocuencia que toda disertación al respecto, y en 
ellos se dice así: 

€ Artículo 1.^ Su Majestad el Emperador del Brasil de- 
clara la Provincia de Montevideo, llamada hoy Cisplatina, 
separada del territorio del Imperio del Brasil, para que 
pueda constituirse en Estado libre é independiente de toda 
y cualquiera nación, bajo la forma de gobierno que juzgare 
conveniente á sus intereses, necesidades y recursos. 



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— 46 — 

«Art. 2.^* El Gobierno de la Bepáblica de las Provincias 
Unidas concuerda en declarar por so parte, la independen- 
cia de la Provincia de Montevideo, ilaniada hoy Cisplatína, 
y en qae se constitaya en Estado libre é independiente en 
la forma declarada en el artícalo antecedente.» 

De manera, pues, qae á la antigoa Banda Oriental no se 
le segregó, en la época del reconocimiento de su indepen- 
dencia, ni la más mínima lonja de tierra, respetándose, por 
lo tanto, la que dispatara desde luengos años. 

El Padre Pedro Lozano, que vino á estos países en la se- 
gunda década del siglo XVn, y que desde 1717 á 1745, 
escribió su notable obra titulada Historia de la conquista 
del Paraguay y Rio de la Plata y Tucumán, ilustrada con 
noticias del autor y con notas y suplementos por el doctor 
don Andrés Lamas, dice lo siguiente en el tomo I, después 
de describir á grandes rasgos la gobernación del Río de la 
Plata: 

«Es célebre la isla llamada Martín García, distante una 
legua de tierra firme, y ella tiene legua y media de longi- 
tud y media de latitud, poblada en parte de boscaje som- 
brío, y en parte es tierra buena para sembrar». 

Y más adelante, agrega: 

«Con esto queda aquí hecha la descripción de la dila- 
tada Provincia del Uruguay, que empezando desde esta 
isla de Martín García se dilata por trescientas leguas á lo 
largo, y á lo ancho doscientas. Confina por el Oriente con 
el Brasil y Océano Atlántico, al Norte con la Provincia de 
Guayrá, al Poniente con la del Paraguay y Paraná, y al 
Sur con el Río de la Plata». 

El 12 de octubre de 1851, cuatro días después de pacifi- 
cado el país, se celebraron diversos tratados con el enton- 



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— 47 — 

ees Imperio del Brasil, ^^^ figurando entre ellos uno de co- 
mercio y navegación. 

En él, si bien se hace especial referencia á la isla de Mar- 
tín García, no se indica expresamente á qué Estado co- 
rresponde en derecho, y esto podría tomarse como contra- 
rio á la tesis de los que sostienen que ella pertenece, en 
rigor de derecho, á la República Oriental. 

Veamos, primero, sin embargo, los términos que se em- 
plean en ese convenio, y deduzcamos luego las causas que 
hayan motivado la ambigüedad que en ellos se nota: 

«Artículo 18. Reconociendo las Altas Partes Contratan- 
tes que la isla de Martín García por su posición puede ser- 
vir para embarazar é impedir la libre navegación de los 
afluentes del Plata, en que son interesados todos los ribe- 
reños, reconocen igualmente la conveniencia de la neutra • 
lidad de la referida isla en tiempo de guerra, ya entre los 
Estados del Plata, en utilidad común y como garantía de la 
navegación de los referidos ríos, y por eso convinieron: 

I. — En oponerse por todos sus medios á que la soberanía 
de la isla de Martín García deje de pertenecer á uno de los 
Estados del Plata, interesados en su libre navegación. 

n. — En solicitar el concurso de los otros Estados ribere- 
ños, para obtener de aquel á quien pertenece ó venga á per- 
tenecer la posesión y soberanía de la mencionada isla, á que 
se obligue á no servirse de ella para embarazar la libre na- 
vegación de los otros ribereños, á consentir en su neutrali- 
dad en tiempo de guerra, así como én los establecimientos 
que fueren necesarios para seguridad de la navegación inte- 
rior de todos los Estados ribereños.» 



U) Uno sobre límites, otro de alianza, otro de préstamo j otro de extradición. 



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— 48 — 

Este tratado y los demás á qae hemos hecho alasíóo, 7 
que consistían en fijar los límites entre el Brasil y la Repú- 
blica Oriental; en una alianza perpetua, ampliatoria del con - 
venio ajustado temporariamente el 29 de mayo de 1851, 
cuyo fin era, segán sus términos, la sustentación de la inde- 
pendencia de los dos Estados contra cualquiera dominación 
extranjera; en un préstamo de cincuenta mil patacones men- 
suales, por tiempo indeterminado; y en la extradición de 
criminales, desertores y esclavos, ¿podían, acaso, ser la obra 
de cuatro días? ¿No revela esa laboriosidad, una larga ges- 
tación, que ha necesitado ser muy meditada y discutida en- 
tre los representantes de ambos países? Ciertamente 
que sí, — y ello evidencia, al propio tiempo, que si bien los 
orientales se hallaban en posesión de la isla, no se quería 
adelantar opinión alguna sobre sus derechos, por parte de la 
cancillería imperial, y que la de la República tuvo que so- 
meterse á la dura ley de las circunstancias, si:i abdicar por 
eso de ellos. 

Si á los argentinos se les hubiese considerado como due- 
ños de Martín García, en vez de decirse en dicho convenio 
que se solicitaría el concurso de los otros Estados ribereños 
para obtener de *aqicel á quien pertenece ó venga á per- 
tenecer la posesión y soberanía de la referida isla, á que se 
obligue á no servirse de ella para embarazar la libre navega- 
ción, etc., etc., se habría dicho que esa solicitud sería hecha 
á la Confederación Argentina. 

¿Por qué — se objetará — no se afirma en ese tratado que 
Martín García es parte integrante de la República Oriental? 

Seguramente, porque habiendo sido ocupada por la fuer- 
za, seis años antes, como lo fuera en diversas ocasiones, los 
plenipotenciarios brasileños señores Honorio Hermeto Car- 
neiro Leáo y Antonio Paulino Limpo de Abreu, no habrán 



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— 49 — 

juzgado de buena diplomacia que se cousignase ea un do- 
cumento de tan trascendental importancia, la opinión de 
su gobierno sobre un punto que podría ser materia de un 
debate internacional. ^^^ 

El 29 de mayo del mismo año (1851), había suscrito 
también el Estado de Entre Ríos el convenio de alianza 
ofensiva y defensiva ajustado con el Brasil, cuyo objeto era 
mantener la independencia y pacificar el territorio nacional, 
haciendo salir de él al general don Manuel Oribe y las fuer- 
zas argentinas á su mando, á fin de que, restituidas las cosas 
á su estado normal, se procediese á la elección libre de Pre- 
sidente de la Repüblica, de acuerdo con la Constitución, 
según se decía en el artículo 1.®. 

Firmaban el referido convenio, los señores Rodrigo 
de Souza da Silva Pontes, el doctor don Manuel Herre- 
ra y Obes y el señor don Antonio Cu vas y Sampere, á 
nombre, respectivamente, de S. M. el Emperador del Bra- 
sil, la República Oriental del Uruguay y el Estado de 
Entre Ríos, este último al mando supremo del capitán ge- 
neral don Justo José de Urquiza. 

La prudencia exigía, por lo tanto, no herir la susceptibi • 
lidad de uno de esos aliados, que al intervenir en favor de 
la República Oriental, no por eso dejaba de formar parte 
déla Confederación Argentina y de preocuparle su sobe- 
ranía y futuros destinos, como sucedió con el derroca- 
miento de don Juan Manuel de Rozas, obra conjunta de 
los tres aliados. 

¿Se quiere una prueba más palmaria de lo que dejamos 



(1) El doctor don Andrés Lamas representaba al país como Enviado Extraordinario 
7 Ministro Plenipotenciario, cerca de S. M. el Emperador del Brasil. 



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— 50 — 

dicho? Pues vamos á darla. Las dudas que pudieran susci- 
tar los términos ambiguos, 6 diplomáticos, del convenio del 
51, se desvanecen con la lectura del tratado de paz concluido 
el 7 de marzo de 1856 en la ciudad de Paraná, entre el 
Imperio del Brasil y la Confederación Argentina, cuatro 
años después, como se ve, de haberse posesionado este últi- 
mo país de la isla de Martín García. 

Por dicho convenio se declara neutral la citada isla en 
tiempo de guerra. 

En el artículo 18 se dice lo siguiente: 

«Reconociendo las Altas Partes Contratantes que la isla de 
Martín García puede, por su posición, embarazar é impedir la 
libre navegación de los afluentes del Río de la Plata, en que 
están interesados sus ribereños y los signatarios de los trata- 
dos de 10 de julio de 1853, reconocen igualmente la conve- 
niencia de la neutralidad de la referida isla en tiempo de 
guerra, ya entre los Estados del Plata, ya entre uno de éstos y 
cualquiera otra potencia, en utilidad común, y como garan- 
tía de la navegación de los referidos ríos; y por lo tanto,^ 
acuerdan: 

«1.^ Oponerse por todos los medios á que la posesión de 
la isla de Martín García deje de pertenecer á uno de los 
Estados del Plata interesados en su libre navegación; 

«2.® Tratar de obtener de aquel á quien pertenezca la 
posesión de la mencionada isla, que se obligue á no servirse 
de ella para impedir la libre navegación de los otros ribere- 
ños y signatarios de los tratados de 10 de julio de 1853, y 
que consienta en la neutralidad en tiempo de guerra, asf 
como en que se formen en ella los establecimientos necesa- 
rios para seguridad de la navegación interior de todos loa 
Estados ribereños y de las naciones comprendidas en el 
tratado de 10 de julio de 1863». 



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— 51 — 

Si la República Argentina se hubiese creído fuerte en su 
derecho, ¿por qué no se dice en el tratado que nos ocupa, 
que es ella, como propietaria de la isla, la que se obliga á 
mantenerla neutral en caso de guerra? Lo lógico, lo natural, 
lo legítimo, habría sido, ya que entonces la poseía como al 
presente invocando ser suya, que no suscribiese un tratado 
en el cual se compromete á procurar obtener su neutralidad 
de aquel á quien pertenexca la posesión de la isla. 

Esta debilidad de su parte revela, bien á las claras, que 
á pesar de las protestas del 52 no las tiene todas consigo y 
que á su cancillería del 56 le faltó coraje para sostener de 
una manera resuelta la legitimidad de esa posesión. 

Los señores Lobo y Rinda vets, por su parte, nos suminis- 
tran los siguientes interesantes datos respecto á la posición 
é importancia de la isla, en su Manual de la Navegación del 
Eío de la Plata: 

Es una masa granítica, casi circular, de unas dos millas 
de circuito y 50 á 60 m. (179 á 215 ps.) de altura. Tiene la 
figura de un cono truncado, y se halla al N. 49*^ O., de la occi- 
dental de las islas de Hornos, distante 21 millas, en latitud 
34m'15" S. y longitud 52«5' O. Está contorneada de pie- 
dras, á excepción de una corta playa que tiene por su parte 
del N., en donde hay un pequeño desembarcadero. 

Puede llegarse á ella desde Colonia por un fondo varia- 
ble desde 4m2á8m3{15á30 ps.), navegando á 3 ó 4 mi- 
Has de la costa. 

Servía de presidio en tiempo de la dominación española 
En el día está fortificada, y se considera como un punto mi- 
litar de suma importancia por dominar los canales que dan 
acceso á los ríos Uruguay y Paraná. 

Pertenece á la República Argentina, no obstante de que 



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— 52 — 

su posición y constitución geológica evidencian que forma 
parte integrante del terntorío de la Banda OríentaL <^^ 

El eminente intemacionalista argentino don Carlos 
Calvo, aunque sin referirle á este caso concreto, viene á 
confirmar la autorizada opinión de los señores Lobo y 
Riudavets, al ocuparse del derecho de dominio sobre las is- 
las, en su notable obra, titulada Derecho Internacional 
teórico y práctico de Euy^opa y Américay cuando dice: 
cEl derecho de dominio sobre islas formadas por aluvión, 
pertenoce indudablemente á la nación cuyas tierras y cuyas 
aguas contribuyen á formarlas. Cui,nio las islas están si- 
tuadas cerc% de la tierra firme, SB considera.^ co>ío de- 
pendencias SUYAS, á no ser que un poder extraño haya 
adquirido título á su dominio. 

€La posesión y ocupación de la tierra firme, supone la 
de las islas inmiHatns, aunque no se haya ejercido 

SOBRE ellas acto ALGUNO POSITIVO DE POSESIÓN. Coa 

respecto á estas islas, puede decirse que si otro Estado 
cualquiera tratara de colonizarlas, daría á aquel en cuya 
inmediación estuvieran situadas, justo motivo de qu^eja, Y 
AUN DE GUERRA, si persistía en sus propósitos. 

€La posesión de las islas situadas á distancia de latie» 
rra firme se alcanxa por los mismos títulos que la de 
otro territorio cualquiera*. ^^^ 

Esta opinión no puede ser sospechosa para nadie, y 
mucho menos á los argentinos, porque emana de una de sus 
más grandes intelectualidades y de un hombre de ciencia, 
invocado, por su autoridad, en América y Europa. 



(1) Esta cita puede luUlane en las págs. 123 y 124, 2.» edición, ampliada é ilus- 
trada con una carta y vistas de la costa, publicada en Madrid en 1868. 
(2j Tomo I, página 156, edición de 1868.— París. 



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— 53 — 

Ahora bien: si tomamos la distancia que media entre Mar» 
tín García y las costas oriental y argentina, lo mismo que la 
de sus respectivas capitales para con dicha isla, en línea 
recta, tenemos las siguientes millas: 

Costa oriental 2 millas 

» argentina ^^) 7 » 

Buenos Aires 25 » 

Colonia 25 » 

Farallón 23 » 

Montevideo ^2) . . 110 » 

Según expertos marinos, cuando se vira las ancla« en el 
canal de Martín García, resulta, más de una vez, que se 
adhiere tierra en las uñas de las mismas, cuyo hecho evi- 
dencia que en otros tiempos se hallaba unida á la costa 
oriental. <3) 

En conclusión: el hecho de haber donado el Rey de Es- 
paña la isla en cuestión á un vecino de Montevideo, en 1807, 
¿no es una prueba inequívoca que en su concepto ella per- 
tenecía á Montevideo? 

La posesión permanente de la misma por el Cabildo de 
Montevideo, no obstante hallarse próxima á Buenos Aires, 
¿no constituye otra elocuente demostración de lo que deci- 
mos? 

¿No se trató el 13 de noviembre de 1813, en junta mé- 



(1) Islas del Guazú, que son anegadizas. 

(2) Estos datos pueden comprobarse pasando vista por la carta náutica de Norie 7 
Wilson, publicada %n Londres, en 1889, bajo el título de cRiver Píate» y que sirve de 
guía á todos los navegantes. 

(3) Este dato nos ha sido suministrado por el señor don Juan Adami, habilísimo 
práctico lemán, que desde hace cuarenta años navega en el Bí« de la Plata, Paraná y 
Paraguay. 



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— Sá- 
dica presidida por don Jacinto Acaña de Figaeroa, la con- 
veniencia de convertirla en un lazareto^ para ser enviados á 
ella los enfermos de la tropa contagiados por el escorbnto, 
qne tantos estragos hizo en la plaza dorante el sitio del 
general Rondeau, y que aán cuando no se llevó á cabo ese 
pensamiento, ello se debe únicamente, — como lo observa 
don Francisco Acuña de Figneroa, en su Diario histórico y — 
á que siempre se tropezó coa el grande obstáculo de la falta 
de dinero y de mantenimientos para sostenerlos allí? 

Quedando Buenos Aires unas 85 millas más próximo á 
Martín García que Montevideo, ¿cómo es que en ninguna 
ópoca, durante la dominación española, se tomó posesión 
de ella á nombre del Cabildo de Buenos Aires? 

Este hecho palmario, ¿nada significa en pro del derecho 
que asiste á la antigua Banda Oriental para pretender su 
legítimo dominio? 

En nuestro concepto, no es necesario apelar á la esco- 
lástica ni aguzar el ingenio para evidenciar la justicia de 
la causa que sustentamos. 

Y, por último: ¿nada dice, ó nada importa la posición que 
ha dado la naturaleza á Martín García colocándola 
en las proximidades de nuestras costas? 

Por el contrario: esa masa granítica, casi circular, por su 
posición geográfica y constitución geológica, evidencian, del 
modo más ooncluyente, que forma parte del territorio 
oriental. ^^) 

Tal vez se objete que el señor Calvo hace referencia al 
dominio sobre las islas formadas por aluvión; pero ese ar- 
gumento no quitaría la menor importancia al caso ocurrente, 
como lo demostraremos más adelante, y el intemacionalista 



(1) Obestes Aba^jo, obra citada. 



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— 55 — 

argentino nos habla de las islas situadas cerca de la tierra 
firme, y sostiene que la posesión y ocupación de ésta, supó- 
rtela de las islas inmediatas^ aunque no se haya ejercido 
sobre ellas acto alguno positivo de posesión. 

Es cierto que el aluvión no es otra cosa que el aumento 
de terreno que el río va incorporando insensible y paulati- 
nsimente á los campos que hay en su orilla, (^> y probable- 
mente la isla de Martín García, como lo observa el práctico 
lemán señor Adami, en tiempos remotos debe haber 
estado unida á la costa oriental, habiéndose desprendido de 
ella por alguna acción geológica. 

Esto último vendría á favorecer nuestro derecho, aún 
más que si dicha isla hubiese sido formada por aluvión. 

Por consiguiente, no cabe argüir haciendo juego de pala- 
bras, y la cita del tratadista argentino vendría siempre á re- 
forzar nuestro razonamiento. 

El doctor Gregorio Pérez Gomar, ocupándose de esta im- 
portante materia en su Curso Elemental de Derecho de Gen- 
tes y se expresa así: «Los límites arcifinios, sobre todos los 
ríos, sufren algunas alteraciones, de manera que aumentan 
6 disminuyen territorio. Si estos aumentos ó disminuciones 
se hacen paulatinamente, se reputan como accesiones y se 
está al principio de que lo accesorio sigue á lo principal, de 
manera que no hay reivindicación posible; pero cuando la 
mudanza es violenta por aluvión, fuerza de río, mutación de 
lecho, no hay sino que respetar el cambio, y el límite que 
antes era el río, lo será después el lecho mismo que aban- 
donó por ese accidente:». í^^ 



(1) Joaquín Escriche— Z>»o0Ú>nano Raxomdo de Legislaron y Jurisprudenoiat palabra 
ühtvión. 

(2) Tomo I, página 70, edición de 1864.— El doctor Pérez Gomar, es autor de otr» 
curso de Derecho Natural, fué catedrático del ramo en la Facultad de Jurisprudencia 
de la Universidad de la Bepública Oriental del Uruguay, y desempeñó, durante va- 
idos años, la Legación de su país «n Buenos Aires. 



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— 56 — 

Todo esto pone de manifiesto, con una lógica abrumado- 
ra, que bajo ninguna faz pueden apoyar su tesis los que sos- 
tienen que la isla que nos ocupa pertenece en estricta justi- 
cia á ia República Argentina. 



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Párrafos finales 



Propósitos que guian nuestra pluma. — Confraternidad histórica 
entre orientales y argentinos. — Derecho que nos asiste para 
reclamar la posesión de la isla, — Actitud que debe asumir el 
Gobierno Oriental. — La jurisdicción de las aguas del Plata' 
— Artículo adicional de la Convención de Paz,— La libre 
navegación, — Opiniones de Alberdiy Várela, Balcarce y Vélex 
Sarsfield. — El arbitraje. 

No guía nuestra pluma ningún propósito de hostilidad 
hacia el país vecino. El es nuestro hermano en sacrificios^ 
en glorias y en afectos. En Ituzaingó brillaron fulgurantes 
las espadas de argentinos y orientales, y el triunfo en aque- 
lla memorable acción de guerra fué la obra común del ge- 
neral de Alvear, que supo conducir sus soldados á la victo- 
ria, y del coronel Garzón, que, contrariando el parecer de 
los jefes superiores, concibiera y aconsejara lo que debía 
hacerse, y que se hizo en efecto la víspera del combate, 
para desorientar y vencer al poderoso enemigo. ^^^ 

Dentro de los muros de la Nueva Troya, fueron nuestros 
aliados sus más ilustres militares, sus más esclarecidos es- 
tadistas, sus más inspirados bardos y sus más brillantes 



(1) Carta del general don Carlos de Airear al coronel don Eugenio Garzón, datada 
en Buenos Aires el 3 de mayo de 1832. 



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— 58 — 

publicistas. — Mitre, Paz, Lavalle, Gelly y Obes, Rodríguez, 
Olazábal, Gutiérrez, Agüero, Domínguez, Echeverría, Már- 
mol, Rivera Indarte, Alsina, Várela, Vega y tantos otros 
fraternizaron con los Pacheco y Obes, Díaz, Martínez, 
Possolo, BatUe, Aguiar, Costa, Rivera, Correa, Tajes, Plo- 
res, Sosa, Bauza, Suárez, Herrera y Obes, Vázquez, Lamas, 
Muñoz, Magariños, Acuña de Pigueroa, Perreira y Artigas 
y demás espíritus selectos, que contribuyeron con su fé- 
rreo brazo, con sus consejos y sus luces á la heroica de- 
fensa. 

Pué también, contando con el valioso concurso de uno 
de sus preclaros hijos, que se puso término al sitio de 
Montevideo, declarándose en documento solemne y patrió- 
tico, que no había vencidos ni vencedores. 

Las armas orientales, unidas á las argentinas y brasile- 
ñas, derribaron á la ominosa tiranía de Rozas, el 3 de fe- 
brero de 1852, en el Palomar de Caseros, en cuya memora- 
ble batalla ocupó la izquierda de la línea la gloriosa división 
del intrépido César Díaz, siendo vitoreada poco después 
entre arcos triunfales, en las calles de la hoy populosa 
Buenos Aires. 

Y, por último, con Bartolomé Mitre y Venancio Plores, 
formaron parte de la triple alianza que derrumbara para 
siempre otro de los grandes despotismos de América, encar- 
nado en la personalidad de Francisco Solano López. 

Es un sentimiento de justicia, es el sacro amor á la ver- 
dad histórica, es el inmaculado culto al derecho lo que nos 
mueve á levantar nuestra débil voz, hija de la sinceridad á 
la vez que del más puro patriotismo. 

Si la isla de Martín García nos pertenece, por obra de la 
naturaleza, si la tradición consagra su legítimo dominio, si al 
declararse nuestra independencia se mantuvieron los viejos 



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— 59 — 

límites de la Baada Orieatal, si ea los tratados coa el ex 
Imperio se hicieron salvedades sobre su neutralidad, si los 
escritores extranjeros de diversas épocas y países dicen á 
voz en cuello que ella es oriental, si sólo por la fuerza se 
encuentra en poder de nuestros hermanos de allende el 
Plata, — á nadie debe sorprender que breguemos, á los 55 
años de habernos sido arrebatada, porque ella vuelva á 
nuestro legítimo poder. 

¿No se decía, en la nota del 28 de febrero de 1852, que 
al dar el Oobierno posesión de la Isla citada, al de Bue» 
nos Aires, lo hacía salvando todos y cualesquiera derechos 
que la República pueda hacer valer sobre ella? 

La insólita precipitación con que obrara la cancillería 
uruguaya, la pasividad con que miró el acto trascendenta- 
lísimo de su ocupación por un gobierno extraño, no obsta, 
pues, para que se reaccione y se vuelva por los hollados 
fueros. 

Si se hubiese respondido con el silencio, si no se hubiera 
protestado, aunque débilmente, entonces podría alegarse 
que se trata de un hecho irremediable, que se halla en la ca- 
tegoría de los autos consentidos que han pasado en autori- 
dad de cosa juzgada. 

En cuestiones de soberanía territorial, no cabe la pres- 
cripción, que sólo regula los actos de los particulares entre 
sí, ó de éstos con el Estado cuando existen leyes especiales 
que la consagran; y si los procedimientos judiciales suspen- 
den sus efectos cuando se recurre de ellos en tiempo y for- 
ma, con mayor motivo tienen que ser valederas las salveda- 
des ó reparos opuestos de gobierno á gobierno en cualquier 
materia litigiosa. 

La prensa argentina atruena los aires muy á menudo en 
todos los tonos, invocando la soberanía de su país sobre las 



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— 60 — 

aguas del Plata, como sí la República Oriental del Uruguay 
no signifícase nada en el concierto de las naciones libres 
é independientes, y olvidando que al discutirse en Río Ja* 
neiro el tratado preliminar de paz entre los plenipotencia- 
ríos brasileños y los de su país, éstos últimos, es decir, la 
Legación de las Provincias Unidas, propusieron que se 
aprobase un artículo por el cual ambas Altas Partes Contra- 
tantes se comprometieran á solicitar, juntas 6 separada- 
mente, de S. M. el Rey de la Gran Bretaña, su garantía 
para la libre navegación del Río de la Plata, por espacio 
de quince años, (^) 

cLa creación de un Estado nuevo é independiente en la 
Banda Oriental, — decían los plenipotenciarios ai^entinos^ 
—¿6 una extensión litoral prolongada en el Río de la 
Plata, y dueño de los mejores puertos, exige la adopción 
de medidas preventivas contra todos los obstáculos que en 
el transcurso del tiempo pudiese hacer nacer ese nuevo Es- 
tado, ya por imposiciones ó restricciones, que en uso db 

8Ü DERECHO RECONOCIDO INTENTASE APLICAR, ya por 

una influencia extraña que pudiera apoderarse de los con- 
sejos de un gobierno naciente para optar á privilegios 
en la navegación, con perjuicio de los intereses comerciales 
de ambos Estados"^. 

Aún cuando el Brasil no juzgó necesario recurrir á la 
garantía de la Gran Bretaña, convino en que se redactase 
el siguiente artículo adicional: 

€ Ambas Altas Partes Contratantes se comprometen á em- 
plear los medios que estén á su alcance, á fin de que la na- 
vegación del Río de la Plata y de todos los otros que des- 



(1) Este artículo fué propuesto en la confcreada del 26 de Agosto de 1828. 



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— 61 — 

aguan en él, se conserve libre para el uso de los subditos 
de una y otra nación, por el tiempo de quince años, en la 
forma que se ajustare en el tratado definitivo de paz». 

Olvida también la prensa belicosa de la vecina orilla la 
doctrina sustentada por sus más eminentes pensadores so- 
bre la libre navegación, y el ridículo y la protesta á que die- 
ron margen las miras absorbentes del Restaurador de las 
leyes. 

Bueno es, por lo tanto, recordársela, y vamos á hacerlo 
en breves términos, ya que accidentalmente tocamos tan 
importante punto. 

En 1847, convino la Argentina con Inglaterra la libre 
navegación del Paraná y sus afluentes. 

El tirano Bozas, — procediendo con su acostumbrado au- 
tcritarismo, — declaró cerrados los ríos de la Confederación, 
dos años antes, y en 1846, el Gobierno del Paraguay fran- 
queó los puertos al comercio extranjero, manifestándose 
partidario de la libre navegación del Paraná. 

El ilustre Florencio Várela, no sólo apoyó esa resolución 
por considerarla justa, sino que sostuvo, al propio tiempo, 
que dicho país tenía derecho á surcar sus aguas libremente, 
lo mismo que las naciones que con esa república ajustasen 
tratados de navegación y comercio. 

«Si Buenos Aires, decía, tuviera otro gobierno que el de 
B;Ozas, él comprendería, á la primera mirada, que su inte- 
rés estaba en no dar entrada á cuestión alguna, sino por el 
contrario, en adoptar de plano la base de la libre navega- 
ción, como un principio seguro de riqueza, de desarrollo y 
de engrandecimiento futuro.» 

Otros publicistas de la talla de Várela, como ser Alberdi, 
Vólez Sarsfield y Balcarce, han sustentado los mismos prin- 
cipios de derecho internacional. 



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— 62 — 

Vélez Sarsfield dice á este respecto: cija libre navega- 
ción de los ríos es tanto para Buenos Aires como para las 
naciones situadas en la parte superior de los ríos^ no un de- 
recho convencional, smo un derecho natural grabado 

SOBRE EL TERRrrORíO POR EL DEDO DE LA PROVIDENCIA, 

que obliga á poner el orden moral en armonía con el orden 
físico y á mirar los ríos navegables como un gran camino 
que une á todas las comarcas del interior del continente.» 

Ante tales precedentes y tan autorizadas opiniones, no 
nos explicamos cómo las autoridades ai^entinas y algunos 
de sus órganos en la prensa lanzan el grito al cielo, pro- 
testando un derecho que no les asiste sobre la jurisdicción 
absoluta de las aguas del estuario del Plata y sus afluentes. 

Es llegado el momento, pues, de que el Gobierno Orien- 
tal, velando por nuestra soberanía, agite y resuelva una vez 
por todas, estas trasceodentales cuestiones, reclamando la 
posesión de la isla de Martín García y a justando un tratado 
que señale justos límites á la navegación del Río de la 
Plata y sus afluentes. 

Ya que la avanzada doctrina del arbitraje se abre camino 
en el seno de las naciones civilizadas, participando de ella 
la Argentina, como lo demuestran sus tratados de límites 
con el Brasil, Chile, BoliVia y el Paraguay, el reciente- 
mente celebrado con Italia y el ajustado con nuestro país el 
8 dejunio de 1899, podrían someterse estas diferencias, — 
en caso de no ser allanadas amistosamente, — á un tribunal 
arbitral. 

En el exordio de dicho convenio (junio de 1899) se invo- 
ca el común deseo de solucionar por medios amistosos cual- 
quier cuestión que pudiera suscitarse entre ambas naciones. 

Su artículo 1.^ dice así : «Las Altas Partes Contratantes 
se obligan á someter á juicio arbitral todas las controversias 



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— 63 — 

de cualquier naturaleza, que por cualquier causa surgieren 
entre ellas, en cuanto no afecten á los preceptos de la Cons- 
titución de uno ú otro país y siempre que no puedan ser 
solucionadas mediante negociaciones directas». 

En el artículo 3.® se establece que en caso de disconfor- 
midad para la constitución del tribunal, éste se compondrá 
de tres jueces; si no fuera posible designar el tercero, se soli- 
citará su designación del Presidente de la Eepáblica Fran- 
cesa, í^^ 

Nunca en mejor ocasión se podría recurrir á un medio 
tan racional y levantado, máxime cuando aun le restan tres 
años de duración, puesto que su término es de diez años. 

De este modo se calmaría la agitación de los espíritus ca- 
lenturientos, que sueñan con el fantasma terrorífico de las 
contiendas internacionales, y se sellaría para siempre la fra- 
ternidad uruguayo-argentina, que tanto pregonamos, y que 
contribuiría, en alto grado, á cimentar la paz y el engran- 
decimiento de los pueblos del Plata. 



(1) Este conyenio[fué aprobado por ley de 17 de marzo de 1900, y lo suscribieron 
los doctores Gonzalo Bamírez y Amancio Aleorta, el primero de ellos en su carácter 
de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la Bepública Oriental del 
Uruguay, y el segundo en su calidad de Ministro Secretario en el Departamento de 
Belaciones Exteriores y Culto de la Bepública Argentina. 



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Antecedentes y juicios aplastadores 



Convención de paz argentinO'brasileña.^Evaeiutción de Martín 
Garda, — Adiuzna Central en la isla. — Discusión en el serio 
de la Asamblea General Constituyente y Legislativa del Es- 
tado, — Ley autorizando su establecimiento en dicho punto, 
— Interesantes detalles del debate, — Consulta evacuada por 
<tEl Universal*, en 1829, — Causas que obstaron al cum- 
plimiento de dicha ley. — Usurpación de la isla en 1852, 
— Opiniones del doctor Ángel Floro Costa d su respecto, — 
Tratativas inútiles, — Consideraciones finales. 

Pensábamos dar por terminado este breve estadio de la 
importante cuestión que nos ocupa, concretándonos á los 
datos y comentarios que anteceden; pero conviene comple- 
mentarlos con algunos otros antecedentes que corroboran y 
robustecen cuanto dejamos dicho. 

Los que duden ó ignoren que la isla de Martín García 
corresponde en rigor de derecho á la República Oriental del 
Uruguay, tendrán una nueva y poderosa fuente ilustrativa 
en los interesantísimos pormenores que traeremos en apoyo 
de la tesis que sustentamos. 

Ante todo, citaremos un hecho que habla con más elo- 
cuencia que todos los comentarios que pudieran bordarse 
alrededor de este asunto. 

El Gobierno de don Bernardino Rivadavia, que tropeza • 



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— 66 — 

bacon graves obstáculos para sa mantenimiento, puesto 
que era rudamente combatido por los partidarios del coro- 
nel don Manuel Dorrego y que los Gobernadores de Pro- 
vincia le negaban su concurso para continuar Ja guerra, 
i^provecbó la coyuntura que acababa de ofrecerle una inter- 
vención amistosa de paz promovida por el Ministro de S» 
M. B. en la Corte del Brasil, Mr. Grordon, para mandar en 
misión especial al doctor don Manuel José Grarcía, con el 
carácter de Enviado Extraordinario y Ministro Plenipoten- 
ciario de la República cerca de Su Majestad Imperial. 

En las instrucciones que le fueron dadas con fecha 19 de 
abril de 1827, se establecía, en primer término, que inme- 
diatamente de su llegada á Río Janeiro debería comunicarse 
con Mr. Gordon, á fin de que por su intermedio fuese reci- 
bido por Su Majestad Imperial en misión de paz, y se le au- 
torizaba para ajustar y concluir cualquiera convención pre- 
liminar que hiciese cesar la guerra y que restableciese la 
paz entre la República y el Imperio del Brasil, en términos 
honrosos y con garantías recíprocas para ambas partes, que 
debían tener por base la restitución de la Provincia Orien- 
tal á la erección y reconocimiento del dicho territorio en un 
Estado separado, libre é independiente, bajo las formas y 
reglas que sus habitantes quisiesen adoptar y sancionasen, 
no debiendo exigirse en este caso compensación alguna por 
las partes beligerantes. í^^ 

El doctor García arribó el 6 de mayo á Río Janeiro, y 
diez y ocho días después daba por terminada su misión, 
aunque separándose de la pauta que se le había marcado. 

El 20 de junio regresó á Buenos Aires, siendo portador 



(1) Isidoro De -María.— Cí)»npe»M¿io de la Historia de la República Oriental del üh*- 
gwjy, tomo 6.*. 



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— Ü7 — 

de la convención de paz que acababa de ajnstar y firmar 
á nombre y representación de su Gobierno con Su Majes- 
tad Imperial. (^^ 

Los más importantes artículos de dicho negociado, eran 
los siguientes: 

«Artículo 1 <^ La República de las Provincias Unida« del 
Río de la Plata reconoce la independencia é integridad del 
Imperio del Brasil, y renuncia á todos los derechos que pu- 
diere tener al territorio de la Provincia de Montevideo, lla- 
mada hoy Cisplatina. Su Majestad Imperial reconoce igual- 
mente la independencia é integridad de la República de las 
Provincias Unidas del Río de la Plata. 

«Art 2/* Su Majestad el Emperador del Brasil promete 
del modo más solemne que, con la sanción de la Asamblea 
Legislativa del Imperio, arreglará la Provincia Cisplati- 
na con la mayor consideración, del mismo modo, ó aún me- 
jor que las otras provincias del Imperio, atendiendo al sa- 
crificio que han hecho sus habitantes de su independencia 
con su incorporación alTmperio, dándoles un régimen apro- 
piado á sus hábitos, costumbres y necesidades, que no sólo 
asegurarán la tranquilidad futura del Imperio, sino también 
de sus habitantes y vecinos. 

«Art. 3 *^ La República délas Provincias Unidas retirará 



(1) Pocos años antes, el doctor García había sido colega dé Gabinete del señor Bi- 
yadavia durante el gobierno del general Rodríguez, ocupando el Ministerio de Ha- 
cienda en 1821. Ambos habían tenido á su cargo todo el peso de la diplomacia re- 
volucionaria desde 1814, como lo dice el doctor don Vicente F. López, en el tomo 
9.* de su obra Historia de la Repíüjlica Argeniina, habiendo contribuido ^ la invasión 
portuguesa llevado de su odio al general Artigas. Además de una competencia nota- 
ble en las materias económicas y administrativas, era versadísimo en las letras 
latinas y en el conocimiento de la historia política de las naciones clásicas y mo- 
dernas; -y de los hombres de su tiempo, en el sentir del propio historiador argen- 
tino,— sólo el señor don Julián Segundo de Agüero habría podido competir con él, 
en aquella parte seria del saber que constituye un hombre de gobierno. 



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— 68 — 

sus tropas del territorio Cisplatino y las pondrá en pie de 
paz, haciendo lo mismo Su Majestad Imperial, en la misma 
provincia. Que el Gobierno argentino retiraría las baterías 
y pert7'echos, de Martin Oarcia. 

€ Art. 5.® La República de las Provincias Unidas pagará 
el valor de las presas que hubieran hecho los corsarios co- 
metiendo actos de piratería. 

cArt. 8." Ambos Gobiernos solicitarán de Su Majestad 
Británica la ga7'antía de la libre navegación del Río de la 
Plata por el término de quince años.* í^> 

Este convenio quedó, sin embargo, sin efecto, porque el 
espíritu de oposición arreció contra el Gobierno de Riva- 
davia, quien se vio obligado á rechazarlo con fecha 25 del 
mismo mes, y á renunciar dos días después, sucediéndole, 
primero, en carácter de Presidente provisorio, el doctor don 
Vicente López y Planes (julio 5), y un mes después 
(agosto 12) don Manuel Dorrego como Gobernador de la 
Provincia. 

En el decreto respectivo, se daba como causa de la re- 
pulsa, que el enviado argentino extralimitó sus instruccio- 
nes y alteró su verdadero espíritu y significado, afectando 
en la estipulación de que se trata, el honor nacional, ata- 
cando su independencia y todos los intereses esenciales de 
la República. 

Nadie podrá argüir, empero, que los escrúpulos y celos 
patrióticos que motivaron ese rechazo tuviesen por base lo 
estipulado en los artículos 3.** y 8.®, que es lo que nos inte- 
resa constatar, puesto que el retiro de las baterías y pertre- 
chos existentes entonces en Martín García, en nada podía 
afectar el honor ni la independencia de la República Ar- 



(1) De-María, obra citada. 



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— 69 — 

gentina, y jamás se ha mentado esa estipulación como 
motivo de tan honda divergencia. 

Tampoco podría sostenerse de buena fe que influyó en el 
ánimo del Gobierno de Rivadavia, para ese repudio, el he- 
cho de que se hubiese convenido solicitar de Su Majestad 
Británica la garantía de la libre navegación del Río de la 
Plata por el término de quince auos, puesto que ese mismo 
pensamiento, como lo hemos manifestado antes de ahora, 
fué reproducido un año más tarde al discutirse la Conven- 
ción Preliminar de Paz en Río Janeiro, por los plenipo- 
tenciarios argentinos, generales Juan Ramón Balcarce y 
Tomás Guido. 

Lo que afectaba el honor nacional y los intereses esen- 
ciales de la República, era el hecho vergonzoso de que se 
pactara la entrega de la Provincia de Montevideo al Imperio 
del Brasil, después de tantos sacrificios, de tan cruentas lu- 
chas y de los triunfos con que se honraron las armas de los 
patricios de nuestra independencia; pero jamás la desocu- 
pación militar de una isla que nunca fué suya y que sólo 
accidentalmente, debido á los azares de la guerra, ocupa- 
ban las fuerzas argentinas. 

Lo que deprimía el espíritu nacional, lo que importaba 
una debilidad, impropia de un pueblo viril, que acababa de 
obtener varias espléndidas victorias, tanto por tierra como 
por mar, ^^^ era el hecho de ocurrir en demanda de paz á un 



(1) Pocü felices andaban los imperiales por mar y tierra: Brown, de sitiado, pasé 
á sitiador, ó de bloqueado á bloqueador: el 10 de febrero vinieron á las manos 19 
buques brasileños y 13 bonaerenses, quedando la victoria por los segundos, que to- 
Hiaron 11 de los mejores bajeles imperiales, quemaron 5, y sólo se les escaparon 3. 
Esta noticia llegó á Buenos Aires pocas horas después de la nueva de la batalla de 
Ituzaingó, lo que podrá dar una idea del alborozo de los patriotas de aquella ciu- 
dad 

Ni se crea que pararon en esto las desventuras de las armas imperiales. 

Los corsarios de Buenos Aires habían hallado un lugar resguardado para almace- 



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— 70 — 

enemigo cuyas armas habían sido abatidas. ^^^ Lo demás, lo 
que se refiere al retiro de las baterías y pertrechos de 
la isla, lo mismo que á garantir la libre navegación del Río 
de la Plata, eso en nada podía herir el amor propio del 
país vecino. 

Por eso Deodoro de Pascuale, cuya pluma fué puesta al 
servicio de los brasileños, no ha trepidado en dudar del éxi- 
to obtenido en la batalla de Ituzaingó por las fuerzas ar- 
gentino-uruguayas. 

En su obra Apmiies para la Historia de la República 
Oriental del Uruguay, aprecia de diverso modo la resolu- 
ción del ex gobernador de Buenos Aires. 

Oigámosle: 

«Las desgracias traen consigo la reflexión, y de ésta nace 
el amor de la tranquilidad en los particulares, y de la paz en 
las naciones. Este sentimiento, estimulado por el clamor pú- 
blico, experimentó el gobierno del señor Rivadavia, y por 



nar sus presas, en la costa de Patagooia, Río Negro arriba, para donde destacó el 
vicealmirante brasileño dos corbetas y otras tantas goletas, las cuales entraron en la 
boca del mencionado río, el 28 de febrero, teniendo desde luego la desgracia de que 
encallase una corbeta que se fué á pique. Los otros tres buques experimentaron ta- 
mañas dificultades al remontar las aguas del río, que fué menester fue anclasen é 
hiciesen bajar 650 hombres para apoderarse de la población, situada en la margen 
del río. Mientras atacaban el pueblo dejaron las tres embarcaciones á la custodia de 
algunos pocos de los suyos; empero, apenas rompieron el f'^ego, los corsarios aprove- 
cháronse de la coyuntura, echáronse sobre loa buques casi indefensos y los captura- 
ron. Dado este terrible golpe de mano, fácil es concebir cómo quedarían los que 
habían bajado, sin recursos y sin conocer el país. Fueron hechos prisioneros, y unos 
doscientos de entre ellos, ingleses y norteamericanos, desertaron las filas del empe- 
rador, alistándose en las de los republicanos. Los buques que perdieron en esta oca - 
sión los brasileños, fueron la corbeta «Itaparica» y las goletas «Escudero» y «Cons- 
tancia».— Deocíoro de Pascuale. 

(1) El revés sufrido el 9 de abril por la escuadrilla de Brown, no podía ser causa 
bastante, en presencia de los triunfos ya obtenidos por las armas republicanas, para 
entregarse á la desesperación y proponer la paz al enemigo vencido en Biucón, Sa- 
randí é Ituzaingó. 



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— 71 — 

ello determinó en sus consejos pedir la paz al emperador 
del Brasil. 

«Confióse esta misión al señor don Manuel José García, 
sujeto que siempre se opuso á la guerra. Los enemigos del 
gobierno del señor Rivadavia y los patriotas orientales se 
alegraron en sus adentros de ver que el citado Presidente 
así procedía, pues de todos modos les suministraba medios 
para atacarle. Si un éxito feliz coronaba sus negociaciones, 
cesaba la guerra y gozaba la Banda Oriental de su indepen- 
dencia: si no era dichoso, sobrábanle razones para atacar 
al que, casi caliente la sangre de los héroes de Ituzaingó, se 
humillaba pidiendo una paz vergonzosa. 

¿Qué dirían los pueblos vecinos y los lejanos, de un ven- 
cedor que mendiga la paz del vencido? Lo que menos po- 
dían avanzar es que no hubo tal victoria. Este paso debía 
enaltecer al emperador del Brasil y probar á todas luces 
que él era el fuerte, el que podía disponer á su talante de la 
ventura y paz de los pueblos bañados por el Plata. En am- 
bas eventualidades, los revolucionarios podían tirar polvo á 
manos llenas en los ojos del pueblo, impetuoso por naturale- 
za, y minar los cimientos de la autoridad constituida. 

«Con efecto, no dejará de sorprender á la posteridad el ver 
que pidieron los mismos vencedores de Ituzaingó, según los 
generales bonaerenses, la paz á los vencidos. Por ello, á fuer 
de historiadores, no dimos entero crédito á sus partes ofi- 
ciales, y juzgamos el hecho de los campos del paso del Ro- 
sario como una acción parcial, en que la Banda Oriental se 
quedó lo mismo que estaba antes del 20 de febrero.» <^^ 

El Enviado Extraordinario, no interpretó, empero, ese 
sentimiento público, y violó las instrucciones que se le ha- 
bían dado á este respecto. 



(t) Dbodoro db Fascuale, obra citada, tomo I, edición de 1864. 



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— 72 — 

Entregarnos al Brasil^ hubiera importado una traición in» 
f ame, y habría dado margen á hondas perturbaciones en el 
seno del propio pueblo argentino, pues ni sus patriotas po- 
drían mirar con indiferencia una ignominia semejante, ni 
los proceres de nuestra emancipación política hubieran de- 
puesto sus armas, sin honrarlas, una vez más^ bregando^ va- 
erosos, por conquistarla. 

El gobernante argentino, apercibido de ello, y abrumada 
bajo el peso de la tremenda oposición que se le hacía, no 
pudo menos que repudiar el pacto de que era portador su 
infiel misionero. 

Las demás cláusulas transcriptas se ajustaban á la reali* 
dad de los hechos, porque ni la isla de Martín • García era 
argentina, ni la navegación del Río de la Plata podía consti- 
tuir un monopolio suyo. 

Nuestra independencia se imponía. Por ella luchara el 
valeroso Artigas, que prefirió el ostracismo, antes qite ena- 
jenar al bajo precio de la necesidad ese rico patrimonio de 
los orientales. Por ella luchaban Rivera y Laválleja; por 
ella, en fin, todos aquellos que no se avenían á vivir unci- 
dos al yugo de una nación extrafia y que querían purificar 
su alma ciudadana respirando las auras bienhechoras de la 
libertad. 

Don Bemardino Kivadavia, á pesar de haber pretendido, 
otrora, entregarnos á una testa coronada, ^^^ no podía sus- 
traerse, pues, al impetuoso torrente de la opinión, que odia- 
ba la esclavitud. De ahí que, en medio á su debilidad, pro- 
pusiera la paz con el imperio, estipulando, entre otras bases. 



(1) Mientras la diplomacia argentina oscilaba en el vacío, persiguiendo un fan- 
tasma coronado, ios orientales, combatiendo por su independencia, habían impedi- 
do que el enemigo consolidase su dominación sobre el país.— Bartolomé Mitbs.~> 
Biatoria cU Belgrano. 



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— 73 — 

la erección y reconocimiento de la Provincia Oriental en un 
Estado libre é independiente, bajo la forma de gobierno que 
sus habitantes quisiesen adoptar. 

Luego, pues, es de trascendental importancia lo declara- 
do al final del artículo 3.®. 

Si los argentinos se hubiesen creído dueños de la isla de 
Martín García, ¿con qué objeto había de estipularse que el 
Gobierno de dicho país retiraría de ella las baterías y per- 
trechos con que contaba? 

Lo natural hubiera sido, en todo caso, declarar, como se 
hizo el 27 de agosto de 1828, que las tropas de la Provin- 
cia de Montevideo, y las tropas de la Repüblica de las Pro- 
vincias Unidas, desocuparían el territorio brasileño en el 
preciso y perentorio término de dos meses, contados desde 
el día en que fueren canjeadas las ratificaciones de la Con- 
vención, 6 en cualquier otro que se hubiese juzgado perti- 
nente, í^^ Y que las tropas de su Majestad el Emperador 
del Brasil desocuparían el territorio de la provincia de Mon- 
tevideo, í^^ incluso la Colonia del Sacramento, en el plazo 
' convenido, puesto que terminada la guerra no había para 
qué permanecer en territorio extraño. 

Si se estableció, en los artículos 12 y 13 de la Conven- 
ción Preliminar de Paz, que tanto la Repüblica de las Pro- 
vincias Unidas, como Su Majestad el emperador del Bra- 
sil mantendrían en el Estado de reciente creación una fuer- 
za de mil quinientos hombres, por tiempo determinado, ese 
hecho anormal respondía al propósito de garantir el pacto 
celebrado, hasta tanto se instalase el gobierno constitu- 
cional. 



(1) Artículo 12 d« la Convención Preliminar de Paz. 
{2) Artículo 13 de dicha Tonvención. 



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— 74: — 

Por eso se decía en el prtículo 14: «Queda entendido que 
tanto las tropas de la República de las Provincias Unidas, 
como las de Su Majestad el Emperador del Brasil, que en 
conformidad de los artículos antecedentes quedan temporal- 
mente en el territorio de la Provincia de Montevideo, no 
podrán intervenir en manera alguna en los negocios políti- 
cos de la re f erida Provincia, su gobierno é instituciones» 
Ellas serán consideradas como meramente pasivas y de ob- 
servación, conservadas así para proteger al Gobierno y ga- 
rantir las libertades y propiedades públicas é individuales, y 
sólo podrán operar activamente si el Gobierno legítimo de 
la referida Provincia de Montevideo requiere auxilio». 

Al establecerse, por lo tanto, que el Gobierno argentino 
retiraría de la isla las baterías y pertrechos bélicos que allí 
poseía, se declaraba implícitamente que ocupaba un terri- 
torio ajeno. 

De otra manera no se explica para qué había de abando- 
nar aquella posesión si ella hubiese sido de su pertenencia. 

Desocupar el territorio brasileño, como se estipuló en el 
artículo 12 de la Convención Preliminar de Paz, era lo na- 
tural y pertinente, desde que ya había terminado la guerra 
entre el ex Imperio, la Provincia de Montevideo y la Repú- 
blica de las Provincias Unidas. 

Si las tropas de éstas últimas hubiesen estado ocupando 
territorio propio, hubiera sido innecesaria su evacuación, é 
innecesaria habría sido también la estipulación relativa á 
Martín García, ajustada en el artículo 3.® del Tratado de 
que fué portador el doctor García, si dicha isla no corres- 
pondía á la entonces llamada Provincia de Montevideo. 

Para llegar á esta conclusión, no se necesita otra cosa que 
simple buen sentido. 

Pero si se quieren mayores pruebas, vamos á darlas, tanto 
ó más concluyentes, si cabe, que la que queda expuesta. 



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-. 75 - 

El diputado por Montevideo, don Luis Lamas, presentó un 
proyecto de decreto á la Honorable Asamblea General Cons- 
tituyente y Legislativa del Estado, de que formaba parte? 
tendiente á que se estableciera, á la mayor brevedad po- 
sible, una Aduana Central, para el comercio del río Uruguay^ 
en el lugar conocido vulgarmente por la Punta de Cha- 
parro. 

Pasado este asunto á estudio de la Comisión de Hacien- 
da, ésta aconsejó su sanción con fecha 22 de junio de 
1829. ^1) 

Puesto á discusión este proyecto, en la sesión del 3 de 
octubre del expresado ano, se suscitó un interesante de- 
bate sobre el punto más á propósito para instalar esa ofi- 
cina fiscalizadora- 

A fin de que se pueda apreciar en todo su alcance cuanto 
en ella se dijo, juzgamos conveniente transcribir al pie de la 
letra las observaciones á que dio margen: 

«El señor Gadea dijo: Que á pesar de haberse adhe- 
rido á la formación de la Aduana Central, habiéndolo re- 
flexionado mejor, no convenía en el lugar que se indicaba, 
porque, en su concepto, era poco aparente, pues quedaban 
innumerables puertos en la costa por los cuales se haría el 
contrabando con las mismas facilidades que hasta aquí; que 
siendo el objeto principal del proyecto evitar este contra- 
bando, sería mucho más conveniente establecer la Aduana 
Central en Martin García^ con lo cual se lograría también 
el que los buques pudiesen aduanar con más facilidad; y 
concluyó proponiendo se tomase esta medida. 



(1) Formaban dicha Comisión ios señorea Pedro Francisco de Berro, Santiago Váz- 
quez, Cipriano Payan y Bamón Masini. 



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— 76 — 

El señor Lamas contestó: No hay duda que Martín vGar- 
cía es el punto más aparente para establecer esta Aduana^ 
pero estamos en la duda de si podremos disponer de esta 
isla, porque al menos yo no sé si nos pertenece. 

El señor García dijo: Que ciertamente era el lugar más 
á propósito, pero que perteneciendo á Buenos Aires esto no 
podría hacerse, á menos que no se haga alguna tentativa ó 
negociación, por si se conseguía que aquel Gobierno lo ce- 
diese en todo ó en parte. 

Que con respecto al proyecto en discusión, la Honorable 
Asamblea debería fijarse bien en el punto en que se ha de 
establecer esta Aduana, y que habiendo varios elegibles, 
sería muy conveniente que se nombrase una Comisión con 
el objeto de que eligiese el mejor. 

El señor Costa dijo: Observo que varios señores dipu- 
tados están de acuerdo en que Martín García es el punto 
más aparente para establecer esta Aduana; al efecto, se han 
tocado algunos inconvenientes, pero yo creo que esto podría 
negociarse con el Gobierno de Buenos Aires, y mucho más 
ahora que tenemos un Agente Diplomático. 

Sería, pues, de opinión que se prevenga al Gobierno en- 
tre en esta negociación con el de Buenos Aires, para ver si 
puede facilitar el establecimiento de la Aduana Central en 
aquel punto, dando cuenta á la Asamblea de su resultado; 
y que entretanto se suspenda la discusión de este proyecto 
facultando al Gobierno para establecerla con la mayor eco- 
nomía posible en el lugar que crea más adecuado . 

El señor Gadea contestó: Que el Tratado Preliminar 
de Paz establecía los límites de este territorio en las márge- 
nes del Uruguay, y que, por consiguiente, nadie podría de- 
cir que la isla de Martín García pertenecía á la República 
Argentina, ni había necesidad de negociar con su Gobierno 



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— 77 — 

para establecer la Aduana en aquel punto. Cuando más, 
añadió, sólo debe prevenírsele que la desocupe después de 
expedirse la resolución para establecer la Aduana, pero de 
ningún modo antes; y concluyó insistiendo que en este con- 
cepto era que debía obrar la Honorable Asamblea; repi- 
tiendo que el lugar propuesto en el proyecto no era apa- 
rente». ^^^ 

Esta discusión continuó en la sesión del día 5, en la forma 
siguiente: 

<El señor Gadea. pidió la palabra y dijo: Después de 
maduras reflexiones le ha sido sensible al que habla no ha- 
ber encontrado apoyo en la moción que hizo oponiéndose 
á que se estableciese la Aduana en la Punta de Chapa- 
rro, y proponiendo se pusiese en Martín García. En la se- 
sión anterior manifesté las ventajas que proporcionaba este 
punto para el establecimiento de la Aduana. 

Prescindiendo de los ingentes gastos que demandaría el 
colocarla en puntos que no sean de propiedad pública, estoy 
convencido que no llenará el objeto que se ha propuesto el 
autor de la moción, que es el de evitar el contrabando, y 
que, al contrario, resultarán de esto infinitos inconvenien- 
tes: por lo mismo reitero mi moción para que se establezca 
en Martín García, por si mereciese el apoyo de los señores 
representantes. 

El señor Lamas manifestó: Que cuando había hecho 
la moción, fué persuadido de la urgente necesidad de esta- 
blecer esta Aduana Central; y que se había fijado en la 
Punta de Chaparro, porque no sabía si podría hacerse en 



(1) «Actas de la Asamblea Genf>ral Goastituyente y Legislativa del Estado», to- 
mo II.— Tipografía de la Escuela Nacional de Artes y Oficios, 1897. 



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— 78 — 

Martín García; y que no teniendo la menor duda que este 
era el punto más á propósito, convenía que se pusiese allí á 
la mayor brevedad, pero que entretanto se allanaba cual- 
quier inconveniente que pudiera haber, debía establecerse 
en la Colonia. 

El SE5ÍOR Cortinas apoyó la indicación del señor Ga- 
dea, en el caso que su ejecución no presentase obstáculos. 

El SE5Í0R García dijo: Que se había equivocado el se- 
ñor Gadea al decir que su moción no había sido apoyada, 
porque varios señores diputados se habían conforoiado con 
ella, y sólo se manifestaron algunas dificultades que po- 
drían tocar«?e á su ejecución. 

El señor Masini dijo: Que nadie dudaba de la ventaja 
de establecer la Aduana, pero que hallándose dificultades 
para esto, debería ponerse provisoriamente en otro punto, 
sin perjuicio de que la moción pasase á una Comisión, para 
que teniendo en vista los conocimientos que al efecto le 
preste el Ministro de Gobierno, proponga lo que crea más 
conveniente. 

El señor Barreiro (don Miguel) contestó: Que nada 
sabría en este asunto el Gobierno que no supiese la 
H. Asamblea, y que no pudiendo dudarse de que Martín Gar- 
cía nos pertenece, debía resolverse el establecimiento de la 
Aduana en aquel punto como el más aparente para el 
efecto. 

El señor Ellaüri observó: Que la H. Asamblea no 
debía embarazarse en fijar el punto donde se había de esta- 
blecer la Aduana, porque al Ejecutivo correspondía seña- 
larlo con más conocimientos: que ella sólo debía resolver 
el establecimiento de fina Aduana Central en alguno de los 
puntos más cercanos á la embocadura del Uruguay, consul- 
tando la seguridad de los intereses del Estado con la facili- 



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- 79 — 

dad y comodidad del comercio, dejando á cargo del Gobier- 
no la elección de este punto. — Fué apoyada. 

El señor Barreiro (don Miguel) dijo: Que estando la 
Asamblea convencida de que Martín García era el mejor 
punto para establecer la Aduana Central, debía resolverlo 
ó decir que no se podía, pues que de otro modo quedaría 
siempre pendiente la duda de si nos pertenecía ó no. 

El señor Ellaüri explanó los conceptos de su ante- 
rior alocución, añadiendo que su objeto era que la H. Asam- 
blea resolviese de un modo general, sin fijarse en una 
cuestión para cuya resolución no tiene los datos suficien- 
tes; é insistió que esto sería lo más conveniente. 

El señor Barreiro (don Miguel) replicó: Que la 
H. Asamblea debía partir del principio de que Martín Gar- 
cía nos pertenece, y de consiguiente debe resolver que se 
establezca allí, y que si hubiese alguna duda se ponga pro- 
visoriamente en la Colonia. 

Dado el punto por suficientemente discutido, se puso á 
votación el artículo del proyecto y resultó desechado. 

Habiéndose suscitado dudas sobre cuál de las indicacio- 
nes de los señores ElIauri y Gadea se había de considerar 
primero, se puso á votación y resultó que la del señor 
Gadea, quien la redactó en estos términos: 

«El Poder Ejecutivo establecerá á la mayor brevedad 
posible una Aduana Central para el comercio del Uruguay 
en la isla de Martín García». 

Puesta en discusión general, — 

El señor Lamas dijo: Que persuadido de que este 
punto nos pertenecía, pues que solamente las circunstancias 
han hecho que lo haya ocupado la República Argentina, es- 
taba conforme en que se adoptase este proyecto, previnién- 
dose en otro artículo que se ponga provisoriamente en la 
Colonia. 



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— 80 — 

El señor Cortina manifestó que el establecimiento de 
laAduana en Martín García sería de mucha conveniencia, 
porque estando en la embocadura del Uruguay, no había un 
punto más aparente para establecer almacenes, etc., y la fa- 
cilidad de la carga y descarga de los buques; y que, de con- 
siguiente, la Asamblea debía allanar cualquier inconve- 
niente que hubiese al efecto. 

Dado el punto por suficientemente discutido, se votó si 
debía considerarse en particular, y resultó la afirmativa. 

Declarada ésta, el señor Barreiro (don Miguel) pidió se 
leyese el artículo del Tratado Preliminar que declaraba in- 
dependiente la provincia llamada antes Cisplatina, y leído 
que fué, añadió que en este artículo entraba también la isla 
de Martín García, porque habiendo sido ocupada por los 
portugueses, ninguna reclamación se había hecho por parte 
de la República Argentina; que estaba persuadido que en el 
día se hallaba abandonado aquel punto, pero que aún cuando 
estuviese ocupado, debería desocuparse en cumplimiento de 
los mismos tratados. 

El señor Costa contestó que en su concepto la isla de 
Martín García estaba presentemente ocupada por tropas ar- 
gentinas: que nadie podría dudar que ella nos pertenecía, 
pero que antes de tomar ninguna resolución convendría oír 
al Ministerio para que impusiese á la Asamblea del estado 
en que se hallaba. 

El señor Barreiro insistió en que no había ningún in- 
conveniente en que se adoptase el proyecto, pues que aún 
cuando estuviese ocupada, debería desocuparse con arreglo 
á los tratados. 

El señor CaüCARRO hizo oposición, manifestando que 
no era á nosotros á quien correspondía hacer reclamaciones 
sobre cumplimiento de los tratados, y que lo más convenien- 
te sería adoptar el medio propuesto por el señor EUauri. 



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— 81 — 

Después de algunas otras observaciones en pro y en con- 
tra del proyecto, se puso á votación y resultó aprobado. 

En seguida se sometió á la consideración de la Asamblea 
la indicación del señor Lamas sobre que la Aduana Central 
se ponga provisoriamente en la Colonia. 

El seS^or García dijo: Que cuando antes de ahora se 
había tratado de establecer la Aduana en la Colonia, se ha- 
bía manifestado, que no era un puerto á propósito al efecto, 
por su desabrigo y otros inconvenientes, y que por lo mismo 
no debía adoptarse esta medida. 

El señor Lamas, después de reproducir las razones que 
había aducido cuando se discutió este asunto, insistió en la 
urgencia de establecer la Aduana Central, y que debiendo 
estar un corto tiempo en la Colonia, no debía presentarse 
ninguna dificultad en la adopción de esta medida. 

El señor García replicó que todas las razones que ha- 
bía hecho presente el señor diputado, habían sido destrui- 
das en aquella discusión, y que por lo mismo no se había 
adoptado la resolución de establecer la Aduana Central en 
la Colonia: que ahora estábamos en el mismo caso, y que por 
tanto debía dejarse al Gobierno en libertad para elegir el lu- 
gar que crea más conveniente, sin obligarlo á ponerla en un 
punto que pueda acarrear perjuicios á los intereses del 
Estado. 

El señor Lamas insistió en que no había inconveniente 
alguno en establecerla en la Colonia, mediante á ser una 
medida provisoria, que duraría muy poco.» ^^^ 

En la sesión del 14, el señor Costa manifestó que el hecho 
de que se hubiese resuelto establecer la Aduana en Martín 



(1) Esta versión la hemos tomado^ al pie de la letra, del acta respectiva, que puede 
verse en el tomo 2.<» antes citado. 



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— 82 — 

García^ importaba decir que se estaba en aptitud de ocupar- 
la, á la vez que una declaración de límites, cosa que no le 
correspondía, en su concepto, á la Asamblea Constituyente, 
por cuyo motivo solicitó que se reconsiderase el artículo 1.^;; 
pero desistió de su propósito en vista de algunos reparos 
opuestos por el señor García. 

Veamos, ahora, lo que resulta del acta correspondiente,. 
Ella dice así: 

«El señor Vicepresidente anunció que continuaba la 
discusión de la moción del señor Lamas. 

El señor Costa dijo: Que en lo esencial estaba confor- 
me con la moción del señor Lamas, es decir, que mientras 
se allanaban los inconvenientes que se presenten para es- 
tablecer la Adriana Central en Martín García^ se ponga 
provisoriamente en algún otro punto, pero no en que sea en 
el puerto de la Colonia, sino en algún otro más próximo á la 
desembocadura del Uruguay. 

Por lo mismo propuso como artículo 2.^ la siguiente re- 
dacción: «Mientras se allanan por el Gobierno los iní».on ve- 
nientes que puedan presentarse para el cumplimiento de lo 
dispuesto en el artículo anterior, se establecerá la Aduana en 
el punto más próximo á la embocadura del Uruguay, y en el 
que se haga conciliable la seguridad de la recaudación de los 
derechos del Estado con la mayor facilidad y comodidad 
del comercio». Fué apoyada por varios señores diputados. 

El señor Barreiro (don Miguel) pidió que se leyese el 
Tratado Preliminar, y hecho manifestó que en él nada se 
hablaba de límites, y que de consiguiente, todo lo que ocu- 
paron las tropas portuguesas pertenecía al Estado; de lo que 
dedujo que ninguna duda debía tener la Asamblea respecta 
á Martín García. 



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— 83 — 

El señor Costa replicó: Que siendo este un tratado 
preliminar no era extraño que en él no se hablase de lími< 
tes, porque esto se arreglaba siempre en los tratados defí- 
nitivos. 

El señor Lamas expuso que cuando había pre- 
sentado la moción para que la Aduana Central se estable- 
ciese provisoriamente en la Colonia, fué en el concepto de 
dar tiempo al Gobierno de allanar los inconvenientes que 
pudiera haber para ponerla en Martín Grarcía. 

Que antes de ahora había manifestado cuánto urgía la co- 
locación de este establecimiento lo más pronto posible. Que 
ninguna extorsión se causaba á los buques poniéndola en la 
Colonia, y que aún cuando hubiese algún perjuicio, sólo se- 
ría para los buques extranjeros, por cuya consideración no 
debían desatenderse los intereses del Estado. Que cuando 
se había fijado en este puerto había sido porque en él se 
encontraban todas las proporciones para la carga y descar- 
ga de los buques, almacenes, etc., sin mayores gastos, y por- 
que no había encontrado ningún otro punto que presentase 
otras comodidades. Por tanto, concluyó diciendo: creo que la 
H. Asamblea debe aprobar este proyecto. 

El SEÑOR García contestó: Que no era el perjuicio del 
comercio de Buenos Aires el que había de favorecer al 
nuestro y aumentar las rentas: que tampoco se privaría, po- 
niendo la Aduana en la Colonia, el contrabando que se quería 
evitar, pues que retirando las receptorías, y no pudiéndose 
privar la navegación del Uruguay á los buques argentinos, 
era claro que se haría con mayor facilidad, y que resultando 
de esto un perjuicio al comercio y al Erario, debía colocarse 
en otro punto más aparente, como lo había indicado el se- 
ñor Costa. 

Sobre estos puntos se hicieron otras varias observaciones 



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— 84 — 

en pro y en contra del establecimiento de la Aduana Cen- 
tral en el puerto de la Colonia, después de las cuales, y dado 
el punto por suficientemente discutido, se puso á votación 
la moción del señor Lamas y resultó desechada». 

En la sesión del 16, el señor Costa presentó el siguiente 
artículo: 

«Art. 3.^ Sin perjuicio del establecimiento de la Aduana 
Central, y con el objeto de asegurar la recaudación de los 
derechos, el Ejecutivo acordará lo conveniente á este efecto, 
con los Gobiernos de Buenos Aires y Entre Ríos». 

Esta moción fué aprobada sin observación alguna. 
El Poder Ejecutivo acusó recibo del decreto sancionado 
sobre establecimiento de una Aduana Central en Martín Gar- 
cía, con fecha 21 del mismo mes, según resulta del acta 
respectiva de la Asamblea General Constituyente y Legis- 
lativa del Estado. 

He aquí, ahora^ la ley sancionada: 

Ministerio de Gobierno. 

Montevideo, octubre 17 de 1829. 

La Asamblea General Constituyente y Legislativa del 
Estado, en sesión de ayer, ha sancionado el siguiente de- 
creto: 

Artículo I,® El Poder Ejecutivo establecerá, con la ma- 
yor brevedad posible, una Aduana Central para su comercio 
del Uruguay, en la isla de Martín García. 

Art. 2.® Mientra* se allanen por el Gobierno los incon- 



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~ 85 — 

venientes que puedan presentarse para eí cumplimiento de 
lo dispuesto en el artículo anterior^ se establecerá la Adua • 
na en el punto más próximo á la embocadura del Uruguay, 
j en el que se haga conciliable la seguridad de la recauda- 
ción de los derechos del Estado, con la mayor facilidad y 
comodidad del comercio. 

Art. 3.** Sin perjuicio del establecimiento de la Aduana 
Central, y con el objeto de asegarar la recaudación de los 
derechos, el Ejecutivo acordará lo conveniente á este efec- 
to con los Gobiernos de Buenos Aires y Entre Ríos. 

Art. 4.® El mismo Gobierno mandará formar y remitir 
previamente á la Asamblea'el presupuesto de los gastos que 
dichos establecimientos demanden, 

Art. 5.® Comuniqúese al Gobierno Provisorio para su más 
pronto cumplimiento. 

El vicepresidente que suscribe, tiene el honor de trans- 
mitirle al Excmo. Gobierno y reiterarle la consideración 
con que lo saluda. 

Alejandro Chücarro, 

Vicepresidente. 

Mijfuel A. Berro, 

Secretario. 

Excmo. Gobierno Provisorio del Estado. 



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8tí — 



DECRETO DEL GOBIERNO 

Montevideo, octubre 21 de 1829. 

Acúsese recibo, publíquese y dése al Registro Oficial. 

RONDEAU. 
Jacinto Figüeroa. ^^> 

Urgiendo, pues, designar un punto cualquiera, con carác- 
ter provisorio, para fijar en él la Receptoría General del 
Uruguay, creyó prudente el Gobierno Provisorio del Estado 
dictar un decreto señalándolo, y expidió el que transcribimos 
á continuación: 

Montevideo, octubre 24 de 1829. 

Conocidas ya por la experiencia las precauciones que á 
juicio de la razón y del bien entendido interés del comercio, 
son suficientes para impedir que los fraudulentos manejos 
del contrabando lleguen á perturbar el libre tráfico de nues- 
tras costas y puertos interiores, el Gobierno Provisorio del 
Estado ha acordado y decreta: 

Artículo 1.® A la mayor brevedad, y con el título de «Re- 
ceptoría General del Uruguay», se establecerá una oficina de 
recaudación, en el puerto de las Higueritas, ó punta llama- 
da de Chaparro. 

Art. 2.^ Todo buque mercante que intentare traficar en 
los puertos y costas habilitados^entre Colonia y Salto, sien- 



(1) Esta ley la hemos transcripto del número 107 del periódico €El Universal», co- 
rrespondiente ai viernes 23 de octubre de 1829, que se publicaba en Montevideo. 



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— 87 — 

■do procedentes del Río de la Plata 6 Paraná, deberá pre- 
sentarse á la Receptoría General del Uruguay, para revali- 
dar sus guías y pagar los respectivos aduanajes. 

Art. 3.<» Ningún buque mercante podrá salir del Uruguay 
ni entrar en los puertos del Estado, sin la guía de la Re- 
ceptoría General. 

Art 4.® Las contravenciones al presente decreto serán 
indispensablemente juzgadas en esta capital, y los encarga- 
dos de su ejecución no podrán rehabilitar ningún barco que 
hubiese dado causa á una justa detención. 

Art. 5.® El Gobierno Provisorio del Estado establecerá 
las negociaciones que considere oportunas con los gobiernos 
de Entre Ríos y Corrientes para regular el tráfico del Uru- 
guay en sus menores detalles, sobre la base de una recíproca 
conveniencia. 

Art. 6." Comuniques^ á quienes corresponda é insértese. ^^^ 

La doctrina radical del constituyente Gadea, había triun* 
fado, no obstante, porque si bien se aceptó el' artículo adi- 
tivo propuesto por su colega Costa, tendiente á salvar difi- 
cultades del momento, la Asamblea resolvió que la Aduana 
Central debía establecerse en Martín García, por ser ésta de 
exclusiva propiedad de nuestro país. 

Consultada por uno de sus lectores la opinión del redac- 
tor del periódico «El Universal», que entonces se publicaba 
en Montevideo, dicho escritor se expidió en los siguientes 
términos: 

«La resolución de la duda de si la isla de Martín García 
pertenece ó no de derecho á este Estado, no es de estos 



(1) Adolfo Rodríguez.— Cbfeoet^ de Uyes y deerttoa del Oobiemo de la Repúblioa 
Oriental del Uruguay, edición de 1856. 



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— 88 — 

momeatoa, y aún cree el editor que ella compete exclusi- 
vamente á los dos Poderes que por la Convención Preliminar 
de Paz han declarado y garantido la independencia del Es- 
tado Oriental. Y no obstante de que por aquel acto no se 
expresen ter minantemente los límites del territorio del Es- 
tado con sus adherencias, es indudable que en la declaración 
de su independencia debe estar comprendida también la de 
todos los derechos que sean inherentes á ella. 

«Si el Esta do Oriental los tiene, pues, á la isla de Martín 
García como adyacente al territorio (sobre lo que el editor 
no puede en este momento hablar con bastante propiedad)? 
las autoridades del país deben promover sus acciones opor- 
tunamente ante aquellos dos altos Poderes, á fin de que lo 
declaren así en el tratado definitivo. 

€ Entretanto, por lo que respecta al establecimiento en 
aquella isla de una Aduana Central para los puertos del 
Uruguay, parece que sería más prudente y político ponerse 
de acuerdo con el Gobierno de Buenos Aires, prescindien- 
do ahora de toda reclamación hasta la época indicada, y en 
virtud de que el objeto principal de aquel establecimiento 
es el de evitar el contrabando de los buques de comercio 
que navegan el Uruguay. 

€ Con vendría no sólo que nuestro Gobierno se pusiese de 
acuerdo, como queda dicho, con el de Buenos Aires, sino 
que lo provocase á igual decisión, fijando también por su 
parte una Aduana en el mismo punto. De otro modo, el 
objeto del establecimiento de aquí, no puede llenarse sino 
en una parte, que es la de reprimir á los contrabandistas que 
se abrigan del pabellón oriental; mas como también bajo el 
argentino se navega aquel río y se cometen fraudes, es esen- 
cialmente útil que los dos Estados fijen sus establecimien- 
tos en un local tan aparente, como lo es, sin duda alguna. 



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— so- 
la isla de Martín García, dejando en statu quo lo relativo 
al derecho, hasta que en el tratado definitivo de las dos par- 
tes convencionales se deslinde con la regularidad y garan- 
tías convenientes». ^^^ 

El contrabando que asumiera, por entonces, grandes pro- 
porciones, exigía que se tomasen prontas medidas de segu- 
ridad, y eso fué lo que se hizo al decretarse una oficina de 
recaudación en el puerto de las Higueritas, ó punta llamada 
de Chaparro. 

Ocupada la isla por los argentinos, en ocasión de las lu- 
chas por la independencia, era menester obrar con cordura, 
sin precipitaciones, impropias de la diplomacia y de la se- 
riedad de un Estado. 

Por eso, sin duda, se aconsejaba por algunos constituyen- 
tes un cambio previo de miras con el Gobierno del vecino 
país. Y por eso, también, optó el gobernador y capitán gene- 
ral don José Rondeau, por resolver que se entablaran las nego- 
ciaciones del caso con los Gobiernos de Entre Ríos y Corrien- 
tes para regularizar el tráfico del Uruguay, guardando silencio 
respecto al Gobierno de Buenos Aires, á pesar de que la 
moción del señor Costa comprendía también á este último. 

Declarados nuestros derechos por la actitud resuelta de 
la Asamblea General Constituyente y Legislativa del Esta- 
do, lo demás era cosa secundaria, mera cuestión de tiempo. 

Quedaba librado al celo y patriotismo del Gobierno rea- 
lizar los anhelos del postulado nacional; pero inconvenien- 
tes de diverso orden obstaron á ello, entre otros, la renun- 
cia del Gobernador Provisorio, elevada y aceptada el 17 de 
abril de 1830, y los sucesos posteriores, desarrollados, pue- 



(1) El Umv&tsaly octubre 7 de 1829, número 93. 



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— 90 — 

de decirse, á raíz de la presidencia del general Rivera, 
acontecimientos que mantuvieron en tensión todos los espí- 
ritus durante mucho tiempo. 

Don Antonio Díaz, por su parte, explica en los siguientes 
términos la indefinida postergación de lo resuelto por la 
Asamblea General: 

cEl Gobierno creyó que no era de aquellos momentos 
entrar á discutir la posesión, sostenie ndo que competía tal 
resolución exclusivamente á los Podere s que por la Con- 
vención Preliminar de Paz habían declarado y garantido la 
independencia de la República. No obstante que por aquel 
acto no se expresasen terminantemente los límites y adhe- 
rencias del territorio, era indudable que en la declara- 
toria de su independencia debía estar comprendida la de 
todos los derechos inherentes á ésta. Los estadistas de la 
época opinaban, pues, que si el Estado Oriental tenía dere- 
cho á Martín García, se promoverían las correspondientes 
acciones en oportunidad ante aquellos dos altos Poderes, 
á fin de que lo declarasen así en el tratado definitivo. 

«En cuanto al establecimiento en la isla de una Aduana 
Central para los puertos del Uruguay, se opinó más pruden- 
te y político ponerse de acuerdo con el Gobierno de Buenos 
Aires, prescindiendo de toda reclamación, invitándole igual- 
mente á establecer una receptoría en el mismo punto que la 
estableciera el Gobierno Oriental, para evitar de este modo 
el contrabando. 

cHallándose la República en el pleno goce de su soberanía 
é independencia, libre en todos sus actos, y en uso de todos 
sus derechos, esa especie de tutelaje que el Gobierno del 
señor Rondeau quiso coiiservar, por no despertar tal vez 
desinteligencias entre ambos pueblos, fué lo que determinó 



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— 91 - 

el abandono primero, y después la pérdida de ese trozo de 
territorio natural y visiblemente adyacente al Estado, por- 
que la parte fluvial que lo separa de la costa, está casi cor- 
tada y obstruida por arrecifes, que denuncian la continui- 
dad de la costa firme. Ocioso por demás sería agregar, por 
otra parte, consideraciones de más peso, en una cuestión cu- 
ya sencillez descansa en el más luminoso derecho. 

cLas potencias mediadoras, en todo caso, hubieran estado 
en su lugar, tratándose de un arbitraje, como tales garantes 
de la independencia del Estado y su integridad territorial. 
Nosotros no admitiremos nunca como una causa justifica- 
da, la debilidad de los pueblos. — Los gobiernos son débiles 
no por la falta de fuerzas para hacerse respetar, sino por la 
falta de energía cívica, aún cuando estén apoyados por el 
elemento poderoso de la opinión. Preferimos creer, pues, 
que ésta y no otras causas consumaron la pérdida de aque- 
lla importante Isla para el Estado Oriental. Una completa 
incuria y deterioro pesaba sobre los archivos de la adminis- 
tración». (1) 

Ya hemos dicho que al declararse separada del territorio 
del Brasil la antigua provincia de Montevideo, llamada 
entonces Cisplatina, si bien no se fijaron los límites del na- 
ciente Estado, la circunstancia de haberse omitido una ma- 
nifestación expresa, importa tanto como mantener los que 
ya tenía, y que sólo fueron modificados, con el correr del 
tiempo, por los que dicen relación con el ex Imperio. 

Llamárasele Banda Oriental, Provincia de Montevideo ó 
Provincia Cisplatina, es el caso que nuestros proceres lu • 
charon por conquistar la independencia de un territorio ya 
demarcado por la naturaleza y por el esfuerzo titánico de 
sus hijos. 



ti) Antjnio Díaz— flts'ona Política y Militar de las Repúblicas del Plata, tomo 1. 



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— 92 — 

Además, como ya lo hemos dicho, la isla que nos ocupa 
fué tomada por los argentinos poco antes de la declaratoria 
de nuestra Independencia, 6 sea cuando argentinos y orien- 
tales luchaban por el triunfo de una causa común, tendiente 
á la emancipación política de la llamada Provincia de Mon- 
tevideo. 
Deodoro de Pascuale explica así ese hecho: 

La isla de Martín García, que domina la entrada del Río de 
la Plata á la derecha de la embocadura del Uruguay, en la 
confluencia de este río con aquél, es un punto estratégico 
muy importante, qiie había sido fortificado al comienzo de 
la guerra y guarnecido por los imperiales; mas que, por ra- 
zones que no es del caso mencionar, fué abandonado por el 
vicealmirante Rodrigo Lobo. 

«Desde aquella época permaneció así, hasta que á princi- 
pios de este año — 1827 — hizo el almh^ante bonaerense? 
Brown, un reconocimiento del río para cerciorarse de la posi- 
ción que ocupaban en el Uruguay los bajeles de menor ta- 
maño brasileños, y luego, tomando de nuevo la Martín Gar- 
cía, colocó en ella baterías que impidiesen con sus fuegos la 
reunión de las fuerzas navales brasileñas de pesada artillería 
y alto bordo del abra del río, con las ligeras que se hallaban en 
el Uruguay. Luego, viendo que la escuadrilla de este río no 
podía defenderse de un golpe de mano sino con manifiesto 
riesgo, dirigióse hacia el lugar en donde estaba estacionada 
con cinco goletas y ocho lanchas cañoneras.» ^^^ 

El doctor don Ángel Ploro Costa, que vivía enamorado 
de la Patria Orande, por más que había visto la luz en la 
Patria Chica, y que se mostrara partidario de la anexión, 



(1) Deodobo de Pascuale, obra citada. 



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— 93 — 

no llevó, sin embargo, sus entusiasmos por la República 
Argentina hasta el puato de creer que la isla de Martín 
García no nos pertenece. 

En sus notables estudios sociales, políticos y económicos 
sobre nuestro país, titulados cNirvana», no ha podido pres- 
cindir de esta importante cuestión, y al ocuparse de los tra- 
tados entre la República y el Brasil, llama nuestra isla á la 
de Martín García. 

Increpa, después, la conducta observada por la Argenti- 
na, diciendo lo que va á leerse: 

«Buenos Aires, como el Brasil, si no ha tomado la parte 
del león en nuestros despojos, ha tomado la pequeña parte 
del zorro. 

«El Brasil, como la Rusia, se ha apropiado de la mitad de 
nuestro territorio, por esa serie de tratados leoninos, írritos 
y humillantes que acabo de examinar. 

«Buenos Aires, aunque huyendo de hacer tratados dolosos 
y sin renegar por decoro de sus lazos fraternales, no por eso 
ha rehusado apropiarse ex-facto, la isla de Martín García. 

«Como la infortunada Polonia, cual más, cual menos, to- 
dos han agrandado su territorio á nuestras expensas. 

«En el, primer reparto, como aquélla la Lituania y la Sile- 
sia, hemos perdido todas las Misiones, toda la zona com- 
prendida entre el Piratiní y el Yaguarón, toda la laguna 
Merín y Martín García, que es la llave de todos los ríos que 
bañan nuestras costas y la base única de nuestro futuro po- 
der marítimo. 

«No por ser el menor pedazo el que se ha adjudicado nues- 
tra hermana, deja de ser el más importante, como Gibraltar, 
no por serchico deja de ser el punto más importante y es- 
tratégico de España. 



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— 94 — 

«Martín García, dice un escritor argentino, es el Humaitá 
protector de los monopolios fluviales de Buenos Aires, y es 
por eso qué los tratados de libertad fluvial dieron á esa isla 
el significado de un verdadero cerrojo de los ríos, como lo 
llamó Sarmiento mismo.» ^^^ 

«Nuestra hermana ha querido tener ese cerrojo en sus ma- 
nos, porque sin duda ha conceptuado las nuestras demasia- 
do débiles é inexpertas para consarvarlb. 

«Quizás no le ha faltado razón, y yo bendeciría á la Pro- 
videncia, si algán día la restitución de ese sagrado depósito, 
fuera la compensación de los sacrificios que hemos prodi- 
gado por su libertad y su grandeza. 

«No espero yo que ella sea con nosotros menos justa que 
lo que lo ha sido con el Paraguay, si el destino, para colmo 
de una existencia tan combatida, nos reserva aún los dolo- 
res sin término de una martirizada independencia. 

«Conviene, entretanto, fijar las ideas de las generaciones 
presentes, sobre esta política, supliendo en lo posible el va- 
cío que respecto de nuestro país dejan en sus obras el ilus- 
trado publicista argentino y otros escritores orientales » ^^^ 

El doctor ( Josta, estudiando la política de Buenos Aires, 
agrega: 

«La era creada por los sucesos que dieron el triunfo á la 
causa liberal, debió imprimir todavía mayor dilatación á esa 
política local de engrandecimiento para Buenos Aires, por 
lo mismo que ella iba á ser servida por estadistas conscien- 
tes, que á la intuición ó el instinto debían reemplazar las 
fuerzas de la previsión y del cálculo. 



(1) Albbkdi— El Imperio del Brasil y la Democracia del Plaiat página 97. 

(2) AiNGBL Floro Costa.— Mrrana.— Buenos Airea.— «Imprenta de El Mercurio», 
edición de 1880. 



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— 95 — 

cBuenos Aires continuó disputando su monopolio y todos 
los privilegios que él les daba á las Provincias, comenzando 
desde entonces el pleito por la cuestión capital, pleito que 
ha tenido varias articulaciones é incidentes, perdidos unos 
en Cepeda, ganados otros en Pavón, pero que como lo prue- 
ban los últimos sangrientos sucesos, aún no está suficiente- 
mente sustanciado y muy probablemente la generación pre- 
sente no verá su resolución definitiva. 

«Esto por lo que hace á las Provincias, que por lo que se 
relaciona con la Banda Oriental, Buenos Aires, hízose, como 
tenía necesidad de hacerse, usurpadora, empezando por ser 
olvidadiza é ingrata. 

«Nos toma la isla de Martín García. 

f La República Oriental tenía un derecho perfecto para 
hacerla responsable de los gastos y perjuicios de la inicua 
guerra que su tirano y sus huestes llevaron sobre nuestro 
territorio. 

«Pero la influencia de los vínculos que estrechaban enton- 
ces á los partidos liberales en una y otra orilla, acalló 
las sugestiones del egoísmo, y si no renunciamos explícita- 
mente á ese derecho, por lo menos omitimos toda reclama- 
ción á su respecto . 

«Más aún, ni siquiera hicimos cargo á Buenos Aires por 
los gastos de la expedición libertadora que mandamos á las 
órdenes del malogrado general don César Díaz. 

«Quizá había ilusiones demasiado generosas en aquellos 
tiempos, ó no estábamos bastantemente aleccionados por la 
experiencia, para, sin dejar de ser caballerescos, no ser pró- 
digos, y ser sobre todo previsores y prácticos 

«Buenos Aires en sus luchas intestinas con la Confedera- 
ción, ha tenido indudablemente que robustecer su poder 
como estado autonómico, so pena de ver de nuevo compro- 



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— 96 — 

metidos los principios liberales que triunfaron en la defensa 
de Montevideo y en Caseros. 

cPor ese lado es y ha debido siempre sernos simpática su 
causa, porque dígase lo que se quiera, ella es y será por mu- 
cho tiempo el cuartel general de las libertades del Plata. 

«Pero esa política de resistencia á las imposiciones dicta- 
toriales del Director provisorio de la Confederación, que 
dieron por resultado la reprobación del acuerdo de San Ni- 
colás ^^*' la revolución de septiembre que fué su consecuen- 
cia y la reasunción por parte de Buenos Aires de su sobe- 
ranía interna y esterna ^^^ en ningún caso la autorizaba para 
engolfarse en sus solas conveniencias, y desconocer los de- 
rechos de su hermana en glorias y sacrificios, la República 
Oriental, sobre una parte legítima de su territorio, como lo 
es la isla de Martín García, que Buenos Aires en todo tiem- 
po mostróse ávido de poseer para tener en sus manos la lla- 
ve de la navegación de los ríos. 

«La ocupación de esa isla no es un hecho simplemente ais- 
lado ó accidental por parte de Buenos Aires, sino el resul- 
tado de un propósito deliberado de su política internacional, 
que justifica plenamente el juicio económico que estoy 
haciendo de ella. 

«Dos hechos lo demuestran perentoriamente. 

«Es el primero, el proyecto de constitución trabajado por 
Tejedor, Acosta, Torres, Escalada y Alsina, que al estable- 
cer en su artículo 2.® los límites del Estado autonómico de 
Buenos Aires, declara que ellos son por el Nordeste y el 
Este los ríos Paraná y Plata, comprendiendo la isla de Mar- 
tín García y los adyacentes á sus costas fluviíiles y marí- 
timas. (3) 



(l) Ley do 12 de junio do 18')?. (Recopilación de \ey(m y decretos de la Provincia 
■de Buenos Aires, por el doctor don Aurelio Prado y Rojas). 

(:.') Ley de 21 de sepúembre del852 (Recopilación indicada). ' 
(3) Este proyecto se encuentra en el tomo 10 de la Historia del señor Díaz. 



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— 97 — 

cEs el segundo este mismo proyecto, con ligeras modifica- 
ciones en otros puntos, qtie fué sancionado en 11 de abril 
de 1854, como Constitución del Estado, consagrándose ya la 
usurpación por un acto público y solemne, (i) 

cHay esta diferencia, entonces, entre las usurpaciones del 
Brasil y Buenos Aires. 

cQue aquél se ha preocupado siempre de sellarlas con un 
timbre de legalidad, buscando en la sanción de tratados do- 
losos, fraudulentos y leoninos, pero al fin tratados, la com- 
plicidad ignorante ó venal de nuestros políticos, geógrafos 
y diplómatas. 

«Pero nuestra hermana en glorias y sacrificios, con una 
despreocupación enteramente castellana y un tupé de fami- 
lia, bastante pronunciado, hasta de eso ha prescindido. Ex' 
facto y sin ceremonias, no trepida en ocupar por sí y ante sí , 
ese rico y codiciado pedazo de nuestro patrimonio. 

«Semejante apropiación, injustificable ante el derecho de 
gentes y ante la historia, no puede tener otro título ni otra 
justificación que su ambición y su fortuna. 

«Doloroso me es formular estos cargos, pero no puedo ex- 
cusarlos, cumpliendo los deberes del patriotismo y del escri- 
tor honrado é independiente. 

«Ellos son indispensables, por otra parte, para esclarecer 
las cuestiones presentes y deslindar los intereses recíprocos 
en el porvenir, y el que me dispense el honor de leerme 
hasta el fin, comprenderá que mis intenciones al formular- 
los, lejos de ser el de dificultar las soluciones, tiende á faci- 
litarlas, pero bajo el pie de una igualdad recíproca y de una 



(l) Constitución de Buenos AiroB.—Recopilaeión de leyes del doctor Aurelio Prado 
y Rojas. 



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— 98 — 

conveniencia matua; digna y bien entendida entre ambos 
países.» (^^ 

Por duras que sean las precedentes apreciaciones del 
doctor Costa^ nunca podrá decirse lo bastante para conde- 
nar la insólita actitud del gobierno argentino que sucedió 
al tirano de Buenos Aires. 

El 3 de febrero de 1852, perdía Rozas su inmenso pode- 
río, aún no había arribado á Montevideo la bizarra división 
de César Díaz, que tan brillante figura acababa de hacer en 
la batalla de Caseros^ ^^^ recién había descendido del mando 
supremo de la Nación el ilustre Joaquín Suárez y el 1.® de 
marzo debía precederse á la elección de nuestro primer 
mandatario, cuando el doctor López y Planes, olvidando el 
concurso que prestaran sus hermanos de aquende el Plata, 
á los 22 días de tan memorable victoria, no vacila en reque- 
rir la entrega de la isla, prevaliéndose do la anormalidad de 
nuestra situación y do otras circunstancias, que no hay pa- 
ra qué recordar. 

Si el vecino país se consideraba con derecho á Martín 
García, debió reclamar su posesión en forma menos violen- 
ta y restablecido el imperio de la ley en la República 
Oriental. 

Sólo faltaban cuatro días para que la Asamblea General 
designase al ciudadano que debía ocupar la Presidencia de 
la Nación. 

¿Por qué no se esperó la realización de ese hecho, para 
luego entablar las reclamaciones que se estimasen perti- 
nentes? 



(1) Anqel Flobo Costa, obia citada. 

(2) I^ División Oriental recién el 11 df marzo regi-esó á Montevideo. 



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— 99 — 

No se trataba de un caso de vida 6 muerte para la Repá* 
blica Argentina, y sus ocupantes acababan de ser sus alia- 
dos en defensa de la libertad de la Confederación. 

Pero nada de esto se tuvo en cuenta, y á la debilidad del 
Presidente del Senado, en ejercicio del Poder Ejecutivo, su- 
cedieron la incuria de don Juan Francisco Giró, elegido 
primer magistrado de la nación, los conflictos suscitados 
por las tendencias políticas en pugna, el movimiento revolu- 
cionario del 18 de julio de 1853, su renuncia del día 24 y 
los acontecimientos que fueron su corolario obligado. 

Todo esto, como se comprende, explica perfectamente el 
abandono en que se dejó tan importante asunto. 

Nuestra vida política, tan accidentada y turbulenta, ha 
sido también causa del indiferentismo de los Poderes pú- 
blicos, que más se han ocupado de las rencillas caseras, que 
de atender con mayor dedicación los asuntos de diverso ca- 
rácter. 

Es verdad que algún tiempo después se ocurrió á los 
buenos oficios de la cancillería brasileña, encomendándose 
esa patriótica tarea á nuestro Ministro en Río, doctor don 
Andrés Lamas, quien llevó á conocimiento del Ministro de 
Negocios Extranjeros del Imperio, JoSo lins Viera Can- 
san9ao de Sinimbú, todos los antecedentes de esta cuestión y 
que el ilustro Paranhos hizo referencia á ellos en el Senado 
de su país; pero no es menos cierto que esas geltiones no 
dieron los resultados apetecidos, porque cía actitud de la 
cancillería imperial fué más de expectativa que de interven- 
ción en favor de los derechos de la República». <^^ 



(1) Belatorio da «Repartí^do de Negocios Estranjei^os^, Anexo B, páginas 18, 19, 
29, 30, 31, 32, 33, 34, do, 36, 39, año 1860. 



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— 100 — 

Cromos llegada, sin embargo, la hora, como lo manifesta- 
mos en otro lugar, de que se s^uda esa inercia cívica y que 
se entable una reclamación formal demandando lo que le* 
gítimamente nos pertenece. 



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